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ECUMENISMO Y SUS SÍMBOLOS

Signos, para el Ecumenismo

Las formas de la promoción de la Unidad de los cristianos es tan variada como son las formas de anunciar la presencia de Cristo en la Iglesia. Estas formas tienen gran variedad según ambientes, lugares, personas y medios culturales. Además  promover de la Unidad cristiana no solo son solo gestos y palabras sino proyectos y símbolos, actitudes y relaciones, pensamiento y celebración, arte e imagen, espíritu y oración... y muchas cosas más.

La Unidad es un empeño de toda la Iglesia que tiene como primer encuentro la oración. La oración es camino de encuentro porque el final del camino de la oración llega al mismo Cristo  que nos congrega en su Espíritu.

Ante cualquiera de estas formas plurales nadie puede asumir el privilegio de mirar a otra lado diciendo que no es la única. Cuando se contempla alguna de estas formas no hay lugar a la contraposición con un alejamiento alternativo.  El Ecumenismo no es alternativo sino inclusivo. Como la misma fe cristiana no separa divergencias sino une en coincidencias.

Ni la luz se enciende para esconderla ni se adquiere la sal para guardarla. Esta visión expansiva de los dones de Dios nos encamina a la clave de bóveda que es el misterio de Jesucristo: Luz de Luz, Dios Verdadero de Dios Verdadero.  La luz ha sido hecha para brillar por más que se encuentre en espacios sin luz.  Y el amor a la verdad no nos encierra en parcelas menores de verdades limitadas o dispersas.

Con este pórtico de consideraciones, se ofrecen aquí algunas reflexiones sobre la Iglesia y su convocatoria para la unión de los cristianos. Pertenece a la conciencia cristiana "sentir con la Iglesia", mírese como se mire. No se trata de sentir con una Iglesia menor de visiones ideales parciales o contrapuestas. La expresión de "sentir con la Iglesia" está formulada por San Ignacio de Loyola en tiempos de crítica a su jerarquía y sus formas de expresión de la fe. Esa propuesta no habla de "razones" sino de una forma global de mirar a la Iglesia que implica el corazón. A la comprensión de la Iglesia se accede con la "inteligencia sentiente" que implica la ciencia y la conciencia, el amor y el dolor, la razón y el corazón, la impresión y la expresión, la ética y la estética, la soledad y la comunión. Por ello, sentir con la Iglesia también es una forma de relación con ella que se expresa al decir la "Madre Iglesia" ya que ella es la mediación de nuestra fe.

El disenso del cristiano, ha de entenderse conforme a la recomendación de San Pablo en la despedida de la segunda carta a los Corintios: "animaos, tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros" lo cual repite  en diversos pasajes del Nuevo Testamento (Flp, 2,2 , 3,16). Por otro lado la oración por la unidad y la paz de la Iglesia, se halla en la misma liturgia eucarística que acompaña las celebraciones cristianas. Orar por la paz no es sólo un compromiso de la palabra sino de la orientación global de la persona en su sentir, pensar y comunicar.

Aunque con intensidad diferente, el disenso (contrapuesto al consenso) introduce en la propia conciencia una fisura que hiere la unidad. En la raíz de esa herida se halla un germen de  división entre los cristianos. De este modo el equilibrio entre disentir con la Iglesia real y la comunión "en y con" la Iglesia vuelve inestable la conciencia del cristiano. Algunas mentalidades puritanas y rigoristas, propensas al disenso dejan sin transparencia espacios de comunión eclesial. Puede ser tentador protagonizar disensos, abanderar facciones o ejercer de profetas de las propias ideas o ocurrencias. La dialéctica de la contraposición solo es creativa en la Iglesia cuando el profeta no habla en nombre propio sino movido por el Espíritu de Dios.

La filosofía moderna ha moderado la racionalidad o las razones, con la sensibilidad y los sentires. Al cristiano no le basta estar cargado de razón, porque debe igualmente estar cargado de amor. No pocas rupturas estrepitosas  se pueden interpretar bajo este prisma. La verdad no se promueve de cualquier forma porque cuando falta la caridad, la razón se congela en la abstracción. De este modo la fe se pervierte en ideología y se congela en intolerancia.

Signos y templos

Pero el asunto que ocupa nuestra reflexión pretende revalorizar algunos elementos clave del ser de la Iglesia. Esta reflexión quiere dirigirse hacia  la arquitectura en general, y a la arquitectura ecuménica en particular. Este empeño reflexivo se inscribe en la tradición expresiva de la Iglesia en sus creaciones arquitectónicas. Un Templo no es sólo un lugar funcional de actividades o de espacios multiuso. El Templo es en primer lugar un símbolo de la Iglesia.

El primer punto de reflexión se refiere a los signos. El signo o señal, es el nivel elemental con el que alguien  se muestra o comunica. Es también manifestación de una identidad. La cruz es la señal del cristiano y "persignarse" es hacer el signo de la cruz sobre la propia persona. Esto vale para las personas particulares y para las comunidades humanas. Levantar una cruz  tiene algo de parecido con levantar una bandera, mostrar lo que se ama. Un signo cristiano no se levanta contra nadie. Se dice de Jesucristo que es Signo levantado entre las naciones. El signo de la cruz se halla por doquier en la arquitectura cristiana. Muestra una identidad. Incluso la mayor parte de las Iglesias tienen arquitectura en forma de cruz, y en lo alto de sus torres aparece igualmente el signo de la cruz. La cruz es el punto en el que la muerte apunta a la vida, es el paso por el que el hombre se introduce y asocia a la redención, es el signo de una victoria sobre el pecado que ha llenado de oscuridad la historia humana. Es el final de la oscuridad y el primer destello de la luz.

El signo de la cruz se convierte en símbolo que revela un mundo inefable, una realidad que no puede ser encerrada en conceptos ni expresiones corrientes. Como símbolo despierta el sentir. Con este signo, el cristiano dice y se dice. La antropología de la comunicación muestra que lo que no se dice se muere, y lo que se dice por lo bajo queda en lo bajo. Así el cristiano al decirse con signos y símbolos muestra que está revive y comunica la vida  y al "decir y decirse a los demás" con signos y palabras anuncia una buena noticia: La muerte ha sido vencida..

Todas las confesiones cristianas tienen una gran riqueza de signos compartidos. Desde la más antigua tradición nos damos un signo de paz. La cruz es nuestro signo de paz. Paz y pacto sellado en Jesucristo Hijo de Dios. También la arquitectura de las Iglesias muestran gran variedad de signos de unidad y de paz: Esto corresponde a sus tradiciones y a la teología que han cultivado durante siglos.No obstante, siempre ha existido en la Iglesia una corriente espiritualismo contrapuesta a la encarnación, que se ha manifestado  en arquitecturas más o menos austeras, incluso frías, sin formas sensibles en las que reposar la mirada, sin poder contemplar un resquicio cálido de luces y formas, ni sentir un impulso que eleve el corazón. La iconoclastia antigua y moderna privó al pueblo cristiano de la sacramentalidad de los signos.

Un templo cristiano es un gran signo. Donde hay una comunidad cristiana allí se ha levantado un templo que sensibiliza su identidad. Como signo de la Iglesia, el templo nunca ha sido una dependencia como las demás. Un Templo no es un local de celebraciones sino signo de la Iglesia, y como tal un espacio poblado por toda la comunión de la Iglesia: Jesucristo, La Madre de Dios, los santos, y los fieles justos y pecadores. Nadie sobra en un templo como nadie sobra en la Iglesia.

El templo manifiesta la fe de la Iglesia porque en él se representa lo que cree y lo que siente. La fe personalmente vivida y compartida. La fe manifestada en los espacios y en los tiempos. Una comunidad cristiana con gran sentido de la dignidad de su fe tiene un templo digno. Una comunidad cristiana que se siente acogedora tiene un templo acogedor. Una comunidad que se siente acompañada por los santos tiene un templo con santos. No cabe duda que una comunidad que cree en el futuro de la unión de los cristianos buscará signos de unidad. Los templos en su arquitectura, en sus dimensiones, en sus formas siempre responden al sentir de la Iglesia. Y la Iglesia en el mundo y en Europa siente hoy de una manera especial la añoranza de unidad. No se trata de un capricho sino de un contenido de la fe: "Creo en la Iglesia Una" - dice el símbolo de la fe.

La unidad de la Iglesia no se puede afrontar con un pensamiento que traza separaciones entre ricos y pobres, sabios e ignorantes, hombres y mujeres. La "Iglesia de los pobres" es un concepto sociológicamente y telógicamente caduco. El amor que la Iglesia y el cristiano debe a los pobres no puede ser invocado para separar ni siquiera distinguir.  Esto puede escandalizar. La dinámica de una comunidad cristiana tiene un impulso interno de equilibrio según el cual el rico socorre al pobre y el pobre socorre al rico, cada cual según tiene. La Iglesia es un ámbito de comunión no de nivelación. La nivelación no crea comunión pero la comunión nivela. El argumento de San Pablo para recoger donativos para la Iglesia de Jerusalén se refiere al hecho de que los cristianos de Jerusalén habían hecho ricos en la fe a los negociantes de Efeso y los de Efeso debían contribuir a las necesidades materiales de los de Jerusalén. No era la Iglesia de Jerusalén la Iglesia de los pobres y los de Efeso la Iglesia de los ricos.

 Cuando llega la Navidad y la Iglesia contempla la adoración de los Reyes nadie se escandaliza de que fueran admitidos los ricos a adorar al Niño Hijo de Dios. En la simbología de los dones que ofrecieron al recién nacido nadie se atreve a decir que la Madre de Dios debió rechazar el oro porque dicho metal estaba reservado para los faraones. Allí en la pobreza del Niño excluido de hospedaje no se podía pensar en excluir a los sabios y los ricos que también recibieron la inspiración de adorar al niño. La revelación de Dios realizada en la pobreza era para todo hombre que viene a este mundo.

Los templos no han de ser recinto de pobreza ni de riqueza sino de inspiración para aproximarnos a todos los divididos por el poder, la ambición, dinero y el orgullo en una historia de pecado. Ese espíritu de separación nos ha llevado a que la Iglesia no sea en Europa signo de unidad. Todo lo grande que es la herida de la desunión lo ha de ser el templo de la Unidad que la ha de promover.

El Templo Ecuménico EL SALVADOR responde a un gran sentido de unidad. Es la imagen grande de un  deseo grande. Todo el esfuerzo de la Iglesia de Valencia/España  en ofrecer sus templos a las celebraciones ecuménicas tienen un resumen en el gran esfuerzo del Templo Ecuménico, en una zona de  millares de residentes y millones de transeúntes de otras confesiones.  No es que haya otro ecumenismo alternativo es que el ecumenismo debe empeñarse en todas las formas posibles de acercar lo que debe estar unido.

Vicente José Sastre García - Pascua 2004