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Actualización
19-05-08
Todo SIBIU 3 SAMBLEA ECUMENICA EUROPEA SIBIU
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Oración Oriental y Occidental
La oración no es un plato precocinado al calor de la liturgia. Tampoco consiste en recitar palabras aprendidas o leídas de forma privada o comunitaria. La oración necesita de la liturgia (o la liturgia de la oración). La palabra aprendida y recitada se convierte en oración, cuando se apropian las palabras y brotan del corazón. Esta observación no es un ejercicio maniqueo de separar lo que Dios ha unido sino un discernimiento para poder llegar al corazón de la oración que nace del corazón.
La oración oriental prepara a orar con el corazón. Su liturgia que tiene dos peculiaridades que conviene sea considerado por el Occidente práctico y eficiente. En nuestro mundo occidental hemos acuñado la frase de que el tiempo es oro, pero no hemos asimilado bien que el oro cristiano es la oración. Llama la atención que en las liturgias orientales, de forma repetitiva, se invoca a Dios sin que cuente la duración ni el movimiento del reloj. Pero en occidente nos parece superfluo repetir lo dicho ya una vez. Sólo nos queda en la liturgia la invocación de la liturgia antigua que en griego decía kyrie eléison. También nos queda la repetición de la invocación de “Cordero de Dios...” o la de “Señor no soy digno...”. Algunos podrían decir que no entienden por qué esas repeticiones. Pero el fondo de la cuestión es que hay cosas que si no se dicen varias veces no nos enteramos de lo que decimos. Y es verdad. Es verdad, porque no basta con decir o escuchar cosas sino que para que lleguen a convertirse en oración han de recorrer un largo camino. No caben atajos ni precipitaciones.
La liturgia Oriental toma su tiempo para crear un ambiente en el que la lluvia fina de las invocaciones y los cantos llegue al corazón, toque la sensibilidad, y la persona deje parado el reloj y se encuentre a si misma delante de Dios. Esta presencia de Dios sobrecoge y permite que caigan las escamas de nuestros ojos, que ven muchas cosas pero no miran a nadie. En este ambiente impresiona la proclamación del Evangelio que resuena como palabra de excepción que llega directa al corazón. La solemnidad del canto del Evangelio envuelve a los reunidos y se crea un espacio comunicativo lleno de reverencia, afecto, e implicación personal.
La oración occidental tiene muchos elementos de este escenario de oración. No es ajeno a la liturgia latina ni el canto, ni la invocación oracional. Lo que parece sobrar es la atención al reloj para cumplir en el menor tiempo una obligación. Por lo general si no se tiene prisa en acabar y si el sacerdote se extiende en el comentario de la palabra de Dios, se reprocha que la misa ha sido muy larga (larga es una misa que dura más de 30-40 minutos). Y es significativo es que el templo se queda normalmente vacío antes de que el sacerdote tenga tiempo de quitarse las vestiduras de la celebración. Se puede pensar que los asistentes no necesitan reposar de la impresión de haberse sentido en la presencia de Dios.
Es evidente que la oración nos tiene que unir a orientales y occidentales por más a unos nos guste la concisión y a otros la distensión. Los occidentales tal vez nos ponemos delante de Dios más por medio de conceptos, que experiencias. Desarrollamos con facilidad las doctrinas y catecismos pero en la práctica de la oración, tal vez no damos valor a lo místico. El cristiano llega a Dios con toda su persona pero en occidente nuestras personas están más por las razones que por el calor humano del encuentro con Dios hecho Hombre.
En la Semana de oración por la unión de los cristianos, sería conveniente profundizar en las formas de la oración, y examinar la calidad de nuestras oraciones ecuménicas. Tenemos muchos elementos que nos pueden acercar para que la práctica de la oración de estos días signifique una profunda experiencia de encontrarnos delante de Dios y ante Él preguntarnos si es posible permanecer sin lágrimas ante el amor de Dios que nos quiere unidos.
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