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Mensaje de los Obispos de la
Comisión Episcopal de la CEE |
CRISTO NOS
ILUMINA A TODOS
Mensaje de los
Obispos de la Comisión Episcopal Para las Relaciones Interconfesionales
con motivo de
la Semana de oración por la Unidad de los Cristianos
(18-25 de
enero de 2007)
Un año más la
Semana de oración por la unidad de los cristianos viene a colocar ante
todos los cristianos la unidad visible de la Iglesia como meta del
ecumenismo. Los discípulos de Cristo no podemos volver la vista atrás
tentados por la seguridad de un pasado sin relaciones entre las
Iglesias. Todas las grandes comunicaciones eclesiales aspiran hoy a
reconocerse recíprocamente como “iglesias hermanas”, y hemos de realizar
cuanto esté en nuestras manos para lograr que llegue el momento en que
todas las Iglesias cristianas puedan reconocerse mutuamente como una
sola comunión en la fe y una misma realidad eclesial.
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Proclamar el Evangelio unidos para que
Cristo ilumine a todos es caminar hacia la unidad visible bajo la
acción del Espíritu
No podemos sucumbir al
desánimo aun cuando las etapas que faltan sean todavía de larga
duración, porque las ya recorridas nos estimulan a completar la carrera,
que sólo podremos concluir con éxito si nos dejamos guiar por el
Espíritu Santo, verdadero intérprete de la voluntad de Cristo para su
Iglesia en cada momento histórico: “Yo les he dado a conocer tu nombre y
se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado
esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17,26)
El Espíritu que procede
del Padre es el que dispone a los discípulos a recibir el amor del Padre
en el reconocimiento de Jesús como Hijo de Dios, aquel en quien el Padre
ha dado la mayor muestra de amor al mundo. Nada podremos hacer sin la
guía del Espíritu Santo, por cuya acción espiritual en nosotros podemos
permanecer unidos a Cristo. Los cristianos hemos de suplicar con
constancia la asistencia del Espíritu del Padre y del Hijo para que nos
vaya señalando en cada momento histórico lo que conviene hacer para que
la proclamación del Evangelio llegue a los hombres de todas las
culturas, mentalidades y religiones. Daremos pasos firmes hacia la
unidad de la Iglesia si a todos los cristianos nos une la misión para la
que hemos sido enviados por Cristo: la evangelización del mundo.
Respetuosos con los
creyentes de las diversas religiones y con cuantos se declaran
agnósticos o no creyentes, los cristianos estamos llamados a ofrecer el
testimonio de Cristo como “único mediador entre Dios y los hombres,
hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos” (1 Tim
2,5-6); pues siendo Dios “nuestro Salvador” (1 Tim 1,1) y “Salvador de
todos los hombres, principalmente de los creyentes” (1 Tim 4,10), “no se
nos ha dado a los hombres otro nombre bajo el cielo por el que podamos
ser salvados” (Hech 4,12). Así hemos de proponer a Cristo como único
redentor del género humano, fiados de su palabra siempre eficaz y la
señal de sus milagros, que hacían exclamar a cuantos le seguían
admirados: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los
mudos” (Mc7,37)
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Orar por el éxito del encuentro entre las
Iglesias de Europa en Sibiu para que se fortalezca el testimonio de
las Iglesias en Europa
La III
Asamblea Europea de Iglesias, cuyas fases preparatorias hemos empezado a
recorrer, nos convoca a acudir al encuentro con los otros cristianos del
Continente que tendrá lugar en la ciudad de Sibiu, en Rumania, el
próximo septiembre de 2007, para juntos mirar hacia “Cristo, luz que
ilumina a todos, esperanza de renovación y unidad en Europa”. Con este
tema auguramos, confiando plenamente en la acción del Espíritu
unificador, una experiencia de gracia que hará crecer la comunión de las
Iglesias en Europa. Un encuentro fraterno que las llevará a un mayor
compromiso por la nueva evangelización de las sociedades europeas, hoy
hondamente afectadas por el espíritu agnóstico del relativismo, la gran
tentación de nuestro tiempo. Estamos ante el reto de una ideología que
cierra los ojos y os oídos de las personas a la verdad del Evangelio y
aleja a las naciones europeas de la civilización cristiana.
Estamos llamados a
anunciar a todos que Jesucristo es el Redentor universal del género
humano, que a todos ha congregado en el recinto acogedor de su Iglesia
una y santa, y a dar testimonio de Cristo, de modo acorde con la
naturaleza de la Iglesia una. En ella quiso Dios Padre reunir en Cristo
a sus hijos dispersos (Jn 11,52), dotándola y enriqueciéndola de los
medios de salvación: los sacramentos, medios de gracia por los cuales el
Espíritu del Padre y del Hijo realiza la santificación de los creyentes;
y servicio espiritual de los ministros ordenados, mediante el cual es
Cristo mismo el que reúne a su Iglesia y se hace presente en ella, para
seguir incorporando a la salvación a los hombres de todos los tiempos. A
estos medios de salvación el Espíritu del Señor agrega los dones y
carismas, mediante los cuales reparte “diversas tareas o ministerios que
contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia, según aquellas
palabras: “A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el
bien común” (1 Cor 12,7)” (VATICANO II: Constitución Lumen Pentium,
n.12).
La búsqueda de la
unidad visible viene contribuyendo sobre manera a esta renovación de la
Iglesia, que tiene en el Vaticano II un referente permanente, válido
para nuestro tiempo. Los pasos que las Iglesias han dado hacia esta
unidad fortalecen el testimonio de Cristo como salvador universal de los
hombres, luz de las naciones y esperanza de la humanidad y de toda la
creación. Todavía queda camino por andar, pero si todos los cristianos
secundan la acción del Espíritu Santo en la Iglesia, Cristo será
conocido y amado como el enviado del Padre para la salvación del mundo.
Todo cuando podamos hacer unos cristianos y otros por la renovación de
la Iglesia hará resplandecer ante los hombres el misterio de su unidad
católica, tal como señaló el Concilio: “Por la fuerza de esta
catolicidad, cada grupo aporta sus dones a los demás y a toda la
Iglesia, de manera que el conjunto y cada una de sus partes se
enriquecen con el compartir mutuo y con la búsqueda de plenitud en la
unidad” (Lumen gentium, n.13)
Estamos plenamente
seguros de que la III Asamblea Europea de Iglesias contribuirá a que los
cristianos de Europa nos conozcamos más y mejor, para que juntos
afrontemos el reto de nuestro tiempo: conseguir que Cristo siga
iluminado la vida de los pueblos que le han conocido y a cuya luz han
caminado.
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El acercamiento entre católicos y ortodoxos
acrecentará la comunión de todas las Iglesias
Por otra
parte, no podemos dejar de mencionar el éxito del feliz encuentro entre
el Papa Benedicto XVI y el Patriarca Bartolomé I. La reciente visita del
Papa a Turquía para encontrarse con el Patriarca marca, ciertamente, un
hito en las relaciones ecuménicas entre la Iglesia Católica y las
Iglesias ortodoxas orientales que, con la ayuda del Señor, redundará en
un mayor acercamiento, por todos esperado, de las dos grandes Comuniones
eclesiales, que se reconocen recíprocamente como “Iglesias hermanas”.
Este acercamiento de la comunión entre católicos y ortodoxos ayudará al
mismo tiempo al crecimiento de la comunión entre todas las Iglesias
cristianas. Cuando dos Iglesias se acercan todas se acercan porque los
interlocutores se reducen y disminuyen las diferencias.
Encomendamos al Señor
los frutos de este encuentro para que el diálogo teológico entre
católicos y ortodoxos, acompasado por el diálogo de la caridad y
sostenido por la oración ecuménica de todos, lleve a las dos grandes
Iglesias a la comunión en la que estuvieron durante el primer milenio de
cristianismo. Para cumplir el mandato del Señor de evangelizar a todos
los pueblos, católicos y ortodoxos, como han dicho en su Declaración
común el Papa y el Patriarca están llamados a “reforzar la colaboración
y nuestro testimonio común ante todas las naciones”.
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La santidad como medio de lograr la unidad
deseada haciendo propia la voluntad de Cristo.
Finalmente queremos recordar a todos que el camino hacia la unidad tiene
en la santidad de los discípulos de Jesús el más sólido punto de apoyo y
trampolín de lanzamiento hacia la meta deseada de la unidad. El
ecumenismo de la santidad es el más eficaz de todos, porque la
configuración con Cristo es el medio apto para dar cabida en nosotros a
la voluntad de Dios mediante la identificación plena con la mente de la
Iglesia Esposa de Cristo.
Sólo
mediante la obediencia a la voluntad del Padre, la acción de los
cristianos en el mundo producirá sus frutos, pues la entrega a la
voluntad de Dios hará que los cristianos vivan la vocación a la santidad
como forma perfecta del testimonio de Cristo ante los hombres. Si todos
los cristianos nos dejamos guiar por el Espíritu en el ejercicio de esta
vocación a ser santos, todos nos encontraremos caminando al unísono y
podremos recibir de Dios el don de la unidad visible que buscamos. De
esta suerte los hombres reconocerán en la comunión santa y católica de
la Iglesia el “sacramento de la unidad del género humano”. La Iglesia,
unificada en Cristo a imagen de la Trinidad, aparecerá como testigo de
Cristo en el mundo, ámbito del encuentro y recinto de la congregación de
los hombres y las naciones en Cristo.
Madrid, 8 de
diciembre de 2006-12-21
+ Adolfo,
Obispo de Almería Presidente
+ Santiago,
Arzobispo de Mérida-Badajoz
+ José, Obispo
de Tuy-Vigo
+ Román, Obispo
de Vic
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