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8-02-05

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6-7 Octubre2004

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MATERIALES COMPLEMENTARIOS  2004

(Estos materiales pueden ser utilizados a lo largo del año en celebraciones de oración por la unidad )

Oración por la Unidad de los Cristianos 2003

Textos oficiales  español(*)  e  inglés

Texto de la Semana de Oración 2004

TEXTO PARA 2004

 

 

[texto de la oración 2003]

Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro 

(2 Cor. 4, 3-18)

(*) Traducción preparada por la Comisión para las relaciones interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española Texto bíblico propuesto para la «Oración por la unidad

 

Y si la buena nueva que anunciamos está todavía encubierta, lo está para los que se pierden, para esos incrédulos cuyas inteligencias cegó el dios de este mundo para que no vean brillar la luz del evangelio de Cristo, que es imagen de Dios. Porque no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, el Señor, y no somos más que servidores vuestros por amor a Jesús. Pues el Dios que ha dicho: Brille la luz de entre las tinieblas, es el que ha encendido esa luz en nuestros corazones, para hacer brillar el conocimiento de la gloria de Dios, que está reflejada en el rostro de Cristo.

Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros. Nos acosan por todas partes, pero no estamos abatidos; nos encontramos en apuros, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no quedamos a merced del peligro; nos derriban, pero no llegan a rematarnos. Por todas partes vamos llevando en el cuerpo la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Porque nosotros, mientras vivimos, estamos siempre expuestos a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así que en nosotros actúa la muerte y en vosotros, en cambio, la vida.

Pero como tenemos aquel mismo espíritu de fe del que dice la Escritura: Creí y por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos, sabiendo que el que ha resucitado a Jesús, el Señor, nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos dará un puesto junto a él en compañía de vosotros. Porque todo esto es para vuestro bien; para que la gracia, difundida abundantemente en muchos, haga crecer la acción de gracias para gloria de Dios.

Por eso no desfallecemos; al contrario, aunque nuestra condición física se vaya deteriorando, nuestro ser interior se renueva de día en día. Porque momentáneas y ligeras son las tribulaciones que, a cambio, nos preparan un caudal eterno e inconmensurable de gloria; a nosotros que hemos puesto la esperanza no en las cosas que se ven, sino en las cosas que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.

 Traducción «La Casa de la Biblia

 

A todos los que organizan la «Oración por la unidad 

de los cristianos»

 

Adaptar los textos 

E stos textos son propuestos, en el supuesto de que sea posible, para adaptarlos a la realidad concreta de los distintos lugares y países. De esta manera, se deberá tener en cuenta las prácticas litúrgicas y devociones locales, así como el contexto socio-cultural. Tal adaptación deberá normalmente comportar una colaboración ecuménica.

En muchos países ya se han puesto en marcha estructuras ecuménicas que permiten este género de colaboración. Esperamos que la necesidad de adaptar la «Oración» a la realidad local pueda estimular la creación de esas mismas estructuras allí donde todavía no existen.

Utilizar los textos de la «Oración por la unidad de los cristianos» 

Para las Iglesias y las comunidades cristianas que celebran juntas la «Oración» en una sola ceremonia, este folleto propone un modelo de Celebración Ecuménica de la Palabra de Dios.

Las Iglesias y las comunidades cristianas pueden igualmente servirse para sus celebraciones de oraciones o de otros textos de la Celebración Ecuménica de la Palabra de Dios, de los textos propuestos para el Octavario.

Las Iglesias y las comunidades cristianas que celebran la «Oración por la unidad de los cristianos» cada día de la semana, pueden encontrar sugerencias en los textos propuestos para el Octavario.

Si se desean realizar estudios bíblicos sobre el tema del año 2003, se pueden igualmente tomar como referencia los textos y las reflexiones bíblicas propuestos para el Octavario. Los comentarios de cada uno de los días pueden terminar con una plegaria de intercesión.

Para las personas que deseen orar en privado, los textos contenidos en este folleto pueden alimentar sus oraciones y recordarles también que ellas están en comunión con todos aquellos que, a través del mundo, rezan por una mayor unidad visible de la Iglesia de Cristo.

Buscar la unidad durante todo el año 

Tradicionalmente, la «Oración por la Unidad de los Cristianos» continúa siendo ampliamente celebrada en todo el hemisferio norte del 18 al 25 de enero. Sin embargo, en diferentes países un número creciente de cristianos utilizan el folleto en privado durante el mes de enero y se vuelven a encontrar para importantes celebraciones en los días que preceden a Pentecostés, en una época en que el clima es más favorable. En el hemisferio sur, en que el mes de enero cae dentro de las vacaciones de verano, se prefiere adoptar igualmente una fecha en torno a Pentecostés, o bien uno o dos meses más tarde.

No obstante, la búsqueda de la unidad de los cristianos no se limita a una semana al año. Animamos, pues, a encontrar otras ocasiones a lo largo del año, para expresar el grado de comunión que han alcanzado ya las Iglesias y para orar juntos, con vistas a llegar a la plena unidad querida por Cristo. 

Introducción al tema del año 2003

«Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro» 

(2 Cor 4, 7)

El complejo problema de las migraciones ha tenido un impacto creciente en la vida de varios pueblos, países e Iglesias de todo el mundo. Argentina figura entre los países que ha sufrido las numerosas olas de inmigración que han afectado no solamente al contexto nacional sino igualmente a la vida de las Iglesias. El proyecto inicial de la oración por la unidad de este año ha sido propuesto por un grupo ecuménico argentino. El texto bíblico y el tema han sido escogidos a partir de una reflexión sobre Argentina como nación fundada por el pueblo indígena y los inmigrantes.

Varias razones están en el origen de la inmigración, por ejemplo el hambre, la escasez, las guerras y las persecuciones religiosas. Dos historias del pasado reciente de Argentina nos han servido para ilustrar estas situaciones. Igualmente nos muestran lo mucho que es necesario para que las Iglesias trabajen juntas en la búsqueda de la unidad a fin de aportar un testimonio verdaderamente unido.

1. Una familia que huye de la violencia decide emigrar y encontrar refugio en Argentina. Allí está a salvo, pero debe hacer frente a un nuevo tipo de sociedad que no comprende, una lengua que no es la suya y un pasado histórico con el que no se puede identificar. A veces la población local no aprecia su presencia. Esta familia es feliz pero al mismo tiempo experimenta una cierta tristeza. Deja atrás el miedo, pero ahora descubre la discriminación. En ciertos casos estas personas deben aceptar ser explotados económicamente. Es el precio que deben pagar para vivir con seguridad y sacar adelante a sus hijos. Su nuevo país los acoge y los rechaza. Sin embargo, tienen la fe de que han alcanzado la luz que les guiará en la oscuridad.

2. Una joven mujer llega a una gran ciudad para buscar empleo. Se hizo mayor en la parte norte del país y debe abandonarlo para lograr un futuro mejor. Dejó su familia y sus amigos, y ahora debe afrontar otro tipo de sociedad. El color de su piel y su acento revelan el país de origen. La sangre indígena ciertamente corre por sus venas. Por ello, ella misma tendrá que pagar un precio muy caro. Descubre las luces de la gran ciudad, e igualmente la tristeza de la soledad. Se siente extranjera en su propio país. Por ello, tiene el sentimiento de que es tratada como si no tuviera derecho a disfrutar de las alegrías de la vida. No encuentra a nadie en quien confiar, pero conserva la esperanza de encontrar un día su lugar en esta sociedad.

Este tipo de situación ha llevado al grupo local a reflexionar sobre la fuerza que la Palabra de Dios nos concede en los momentos difíciles. Esto último nos recuerda que todos los miembros del pueblo de Dios deben ser peregrinos en el camino que conduce a su Reino. La Biblia nos ofrece numerosos ejemplos de pueblos emigrantes de un lugar a otro, en gran medida por las mismas razones que determinan a los pueblos actuales a hacerlo. Abraham y Sara, Jacob, Amós, José, María y Jesús constituyen los ejemplos bíblicos de inmigrantes.

La experiencia de la inmigración nos manifiesta un mundo fracturado. La unidad de los cristianos debe ser el paradigma de la unidad de los seres humanos. Los cristianos poseen «un tesoro en vasijas de barro» (2 Cor 4,7), que es la gloria de nuestro Señor Jesucristo, es decir, su victoria contra el pecado, la muerte, la persecución y el hambre. Este tesoro es, como escribe san Pablo en 2 Cor 4, 5-6, el conocimiento de la gloria de Dios que resplandece en Jesús cuando nos reveló las profundidades del amor de Dios y su misericordia para con la creación, particularmente para con los pobres de la tierra.

El texto de 2 Cor 4, 5-18 nos invita a reconocer que nosotros llevamos en nuestro cuerpo un tesoro que no nos pertenece, sino que es un don de Dios para recobrar fuerzas y animar en los momentos de angustia y tristeza. Llevamos este tesoro en la fragilidad de nuestras vidas humanas, lo que nos muestra claramente que este don nos viene de Dios y no de nosotros. Dios nos invita a ser sus testigos a través de nuestra debilidad humana.

El Cuerpo de Cristo es uno, aunque las divisiones entre los cristianos son un anti-testimonio de esta verdad que hemos de remontar. Reconocemos que los obstáculos son grandes y que nuestras fuerzas intelectuales y físicas no son suficientes para curar nuestro pecado de división. La unidad de la Iglesia debe ser realizada por la acción y el poder del Espíritu Santo que actúa en nosotros, a fin de que cada paso hacia la unidad pueda ser visto como un acto divino que nos acerque cada día más al Reino de Dios.

Debemos aceptar el reto del apóstol Pablo cuando dice que nosotros creemos, puesto que hablamos (2 Cor 4,13). No hablar significa disimular la realidad visible de Cristo actuando en nosotros, que es la base de la acción de la Iglesia en el mundo. Así, enriquecidos por la fuerza que recibimos, debemos encaminarnos hacia nuestro prójimo para compartir con él la luz de Cristo y reconocer mutuamente que tenemos una deuda para con Dios, que ofreció la vida de su Hijo por la salvación de la humanidad. Todos estos temas están evocados durante la liturgia y el octavario. Este último ha sido estructurado de la siguiente manera:

Pablo, en su carta a los corintios, anima a sus hermanos y hermanas cristianos con el mensaje de la esperanza que es Jesucristo. Él es el mensaje divino que revela la gloria de Dios y la luz que sigue brillando en un mundo de tinieblas (2 Cor 4, 5-6). Es la esperanza que creció en el corazón de los hombres y mujeres que tienen conciencia de que su fuente está en Dios y no en nosotros. Este es el tesoro que sostiene al peregrino y al inmigrante en su frágil condición humana (Día primero: 2 Cor 4,7).

La fe común en Cristo es nuestra esperanza y nuestro tesoro. En el mundo de hoy muchos hombres, mujeres y niños soportan el peso de la persecución, de la miseria y del abandono cuando están obligados a dejar sus casas y a vivir en la calle, constantemente separados de su ambiente familiar. Pablo reflexiona sobre la experiencia de la persecución y nos ofrece el consuelo de la fe cristiana por la que Jesús ha asumido nuestra condición humana que ennoblece y manifiesta el poder de Dios a través de nuestra debilidad. Porque no estamos agobiados ni desesperanzados, no estamos ni abandonados ni abatidos ya que tenemos la fe (Día segundo: 2 Cor 4,10).

El misterio de la Redención sigue iluminando las situaciones en las que, por efecto de la gracia de Dios, el espíritu del hombre nos hace percibir la imagen de Cristo en la fragilidad de nuestros cuerpos. Esta fragilidad nos hace ver la muerte de Cristo vencida en su propio cuerpo; pero a través de la misericordia de Dios descubrimos igualmente la imagen de Cristo revelado. A menudo, el pecado de la discriminación nos manifiesta la cultura de la muerte, que no es nada más que el deseo de eliminar la diferencia, es decir, al otro. Las Iglesias tienen por misión encontrar juntas cómo afirmar la imagen de Cristo que está en el otro como una fuente de riqueza, un don precioso. La presencia de Cristo que se manifiesta en nuestros cuerpos nos renueva para que aparezca la imagen de Dios a través nuestro, dignidad que no puede ser borrada. Esto significa tomar conciencia de este tesoro que cada ser humano lleva en si mismo y de que cada uno de nosotros podemos acoger a los demás por su semejanza con Dios (Día tercero: 2 Cor 4,10).

Puede parecer contradictorio que la vida está en nosotros y que debemos aprender a estar libres de la muerte, a renunciar a si mismo para que Cristo se manifieste en nosotros. Al comportarnos así, nos abrimos hacia el verdadero valor de la vida, una existencia que le fue confiada a Cristo para que su vida se manifieste en nuestro cuerpo. Todos los cristianos están llamados a testimoniar que el pecado no nos domina más. Así las Iglesias pueden testimoniar en el mundo la dignidad de la vida que es la nueva vida en Cristo (Día cuarto: 2 Cor 4,11).

En las precarias condiciones en que se encuentren los peregrinos e inmigrantes, las Iglesias cristianas unidas «en un mismo espíritu de fe» prestan y unen su voz a los extranjeros y a los desposeídos. Puesto que confesamos la misma fe, somos capaces de expresarnos para hablar. El tema del quinto día (2 Cor 4,14) anima a los cristianos a reflexionar sobre la necesidad de hablar con valentía ante las situaciones desesperadas de los sin techo, de los refugiados, de los inmigrantes, de las personas que viven en la calle, de las poblaciones inmigrantes, de hombres, mujeres y niños que se encuentran en la miseria. Efectivamente, creemos en el poder renovador de Dios en Jesucristo. Y así juntos hablamos con valentía contra todo lo que ofende la dignidad de la persona humana.

La Iglesia tiene la misión de ser signo de la gracia de Dios en la sociedad. Los valores de este mundo efímero no son necesariamente los del reino de los cielos. Jesús ha confiado a la comunidad de cristianos y a las Iglesias la misión de vivir plenamente la experiencia del Reino de Dios como una fuerza nueva que regenera a la sociedad. La justificación que nosotros hemos recibido libremente por la gracia de Dios nos obliga a vivir justificados en el mundo (Día sexto: 2 Cor 4,15).

A pesar de las innumerables dificultades y persecuciones, debemos perseverar. San Pablo nos incita a ser fuertes, porque no llevamos solamente la muerte sino también la vida de Cristo. La Iglesia está llamada a manifestar la victoria de Cristo sobre la muerte mostrándose una comunidad valiente. La perseverancia de los que buscan la unidad de los cristianos es fundamental para todos aquellos que son tímidos o tentados de renunciar a su lucha, porque ella es la prueba de la fuerza de la gracia de Dios a pesar de las numerosas dificultades. Jesús ha orado por la unidad de todos los que llevan su nombre precisamente para que el mundo crea. A pesar de todos los obstáculos que encontramos en el camino de la unidad y de cara a la adversidad, las Iglesias deben actuar conjuntamente, con valentía y perseverancia para ofrecer a nuestro mundo desgarrado un ejemplo de unidad y ser un signo del poder de la muerte de Cristo sobre todas las fuerzas del pecado y de las tinieblas (Día séptimo: 2 Cor 4,16).

En el día octavo estamos invitados a reflexionar sobre los sufrimientos que padecemos y que nos preparan «un peso extraordinario de gloria eterna» (2 Cor 4,17). Esta no es una visión utópica del fin de todos los combates humanos. Pablo nos estimula, en efecto, a reflexionar sobre nuestra transformación por la gracia de la resurrección de Cristo, que tiene lugar si estamos unidos por la fe en sus sufrimientos. Nosotros los llevamos en nuestro cuerpo como también su resurrección. Por ello san Pablo nos exhorta a mirar más allá de lo que nuestros ojos mortales nos hacen ver, a mirar hacia la eternidad que nos revela la gloria de Cristo. La unidad de todos los fieles en Cristo llega a ser visible cuando los cristianos se unen verdaderamente de corazón en la tarea que tienen en este mundo, en el que están de paso.

Para cada día del octavario se propone una oración en que se pide la gracia de Dios por la unidad de todos aquellos que creen en Cristo. Nunca se subrayará todo lo suficiente la importancia de esta oración, ya que en ella todos los cristianos, por la fuerza del Espíritu Santo, reconocen humildemente que la unidad que Dios desea para su Iglesia es ella misma un don. Oremos, pues, sin cesar para que nos preparemos a recibir este don y llevarlo en las vasijas de barro de nuestra humana fragilidad.

 


 

Preparación del texto para la Semana 

de oración por la unidad 2003

 

El proyecto inicial del texto de este año ha sido presentado por un grupo ecuménico formado por biblistas, teólogos, sacerdotes, pastores y laicos argentinos. Un profundo agradecimiento a este grupo local por el tema que ha escogido y por el trabajo concienzudo que ha realizado a lo largo de diez meses de preparación del proyecto. El grupo se componía de personas vinculadas a la Comisión Ecuménica de Iglesias Cristianas de Argentina (CEICA), constituido por: Rvdo. P. Rafael Magul (ortodoxo), María Luisa Cárdenas (católica), Rvdo. P. Fernando Gianetti (católico), Rvdo. Carlos Halperin (anglicano), Rvda. Margarita Tourn (valdense) y Rvdo. Pablo Andiñach (metodista).

Un grupo internacional nombrado por la Comisión «Fe y Constitución» del Consejo Ecuménico de las Iglesias y por el Pontificio Consejo para la promoción de la Unidad de los Cristianos de la Iglesia católica ha sido encargado de dar al texto su forma definitiva. Este equipo -al que se unió un representante del grupo argentino- se reunió cerca de Málaga (España), en el Centro ecuménico «Los Rubios» de la Iglesia Evangélica Española. El equipo agradece de modo particular a la directora del Centro, la Sra. Pilar Agraz Aguilar, y en conjunto al personal que allí trabaja por su calurosa acogida y su generosa asistencia.

Los participantes han tenido el privilegio de poder escuchar al Rvdo. P. Carlos de Francisco Vega, Director del Secretariado de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española, quien les presentó el desarrollo de la Semana de Oración por la unidad de los cristianos en España. Por su parte, la Sra. Agraz hizo una presentación sobre los orígenes y desarrollo del Centro ecuménico «Los Rubios», particularmente sobre el trabajo realizado con los inmigrantes. El domingo, todo el grupo tomó parte en los oficios litúrgicos celebrados en la Iglesia reformada de Los Rubios y en la parroquia católica «Nuestra Señora de la Victoria» de Rincón de la Victoria. Agradecemos vivamente a estas dos Iglesias su cordial acogida.

 

 


 

Celebración ecuménica 

de la Oración por la unidad

 

Introducción

Este culto celebra la luz que Dios, nuestro Padre, hizo resplandecer en el corazón de los creyentes y de sus comunidades, en cuanto que ellas proceden de culturas, pueblos y naciones diseminadas sobre la tierra, en constante emigración y nuevos arraigos.

Es la luz de la fe que Jesucristo nos da a conocer. Esta fe es «conocimiento de la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo». Es el tesoro que Pablo evoca en 2 Cor 4, 5-18. Cada creyente y comunidad de fieles la lleva y la confiesa en la misma fragilidad de la condición terrena y riqueza de sus dones.

Es muy importante en el plano ecuménico que podamos celebrar con alegría a Cristo resucitado, pero no sin elevarnos hacia Dios nuestro Padre, nuestro único Mediador, suplicando por tantos hombres y mujeres, jóvenes y niños de pueblos traumatizados por la emigración. Este será el sentido de la intercesión que, este año, con la confesión de Cristo, Luz de nuestras vidas, es el momento culminante de esta celebración. Las comunidades de fieles, también, han conocido y experimentan todos los días penosas divisiones, pruebas y alegrías, demoras y esperanzas que les hacen experimentar dolorosamente los sufrimientos de pueblos sacrificados por las adversidades de la emigración. Por ello, nuestra oración de intercesión por la unidad de las Iglesias y por las comunidades de emigrantes no será más que una sola e idéntica celebración.

Para esta celebración preparada por la iniciativa de un grupo ecuménico de Argentina se recomienda particularmente:

§ Invitar mutuamente, más allá del círculo de los cristianos que habitualmente frecuentan los encuentros ecuménicos, a formar una asamblea de oración conjunta y diversificada, especialmente con las comunidades cristianas de emigrantes que conviven en nuestra ciudad, en nuestros barrios y regiones. Se constituye una asamblea de oración con ellos, la preparamos conjuntamente, celebramos a Jesucristo muerto y resucitado, luz de luz, nuestra única salvación en la comunión de la misma fe y en la diversidad de sus expresiones. Nuestra celebración honrará esta diversidad.

§ Utilizar el símbolo de la luz en vasijas de barro o, mejor aún, en una sola vasija de barro que, pasando de un grupo a otro a la vista de todos en el momento de la intercesión, permita comprender lo que representa el precioso tesoro de la unidad en un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo y una común esperanza en la solidaridad de Cristo con los pobres, emigrantes, heridos por la vida y la desunión. Si desde el principio esta vasija contiene la luz, se destacará la unidad de los cristianos reunidos para proclamar su fe en Cristo, luz de su vida por la creencia de su comunión.

§ El signo de la paz sellará esta comunión en la intercesión. A esta unidad así significada corresponde al término de la celebración la renovación del envío en la misión de Cristo: él espera de todos sus discípulos que den testimonio de su unidad y se comprometan ante las dificultades concretas de la emigración.

§ Evidenciar tanto el carácter dramático de las migraciones y de sus causas debido a nuestros pecados, como el carácter mismo del emigrante que es el nuestro como discípulos de Cristo en esta tierra. Sin condescendencia ni falsa compasión, nos acogemos mutuamente durante esta celebración como hermanos y hermanas en la fe. Tenemos tanto que compartir lo que hace nuestra esperanza en la prueba, y nos maravilla el tesoro de la fe que Dios nos concede: ¿hacia dónde caminará el ecumenismo sin los cambios y diálogos provocados por las migraciones actuales? Nos dejaremos acoger por Cristo, emigrante en esta tierra. En él nuestro camino terreno se transforma en peregrinación fraterna hacia la casa del Padre. Pero tenemos tanto que imitarle para no excluir personalmente el «amor» que el Espíritu Santo deposita en el corazón de los bautizados. Por ello tenemos que entender y comprender sin cesar su llamada, para llegar a ser testigos de su Evangelio haciendo partícipes a los mendigos y a los caminantes de la Buena Noticia, como Ruth por ejemplo lo prefigura a su manera.

Igualmente es deseable resaltar la personalidad de Ruth durante la liturgia de la Palabra. Al comienzo de la misma, el relato del retorno de Ruth con Noemí a Judá tras su emigración a Moab junto con su marido oriundo de Belén, podrá introducir otros relatos de migraciones actuales (que son igualmente recomendables tanto en el comienzo como antes de cada intercesión). Las personas presentes podrán descubrir tanto en la vida de Ruth como en su propia vida la confianza en Dios y la llamada a imitar, en el espíritu universal de la revelación bíblica, el amor predilecto de Dios por el extranjero y el pobre.

El Evangelio puede ser escogido de entre las referencias indicadas, pero el relato del envío misionero (Mt 28, 16-20) es aconsejable. Consecuente con el valor de la misión universal en presencia de Cristo el Señor, en el marco de esta celebración ecuménica muy particularmente sensible a los emigrantes, este Evangelio ofrece la ocasión para que la homilía subraye la fuerza que la Buena Noticia tiene de derribar las barreras culturales, sociales, psicológicas y religiosas. La homilía deberá ayudar a comprender que todos somos enviados por Cristo y animar a las Iglesias a iniciar actividades comunes acerca del «extranjero entre nosotros». Qué será del ecumenismo doctrinal, espiritual y práctico hoy, sin el hecho de las poblaciones emigrantes de nuestra época? El camino hacia la unidad se ve estimulado.

No se trata también, en la fidelidad a la doble exigencia de la misión y del ecumenismo, de discernir nuestro prójimo en los hermanos y hermanas de diferentes tradiciones con las que tenemos que obrar a favor del reino de Dios. Estamos llamados a amar a personas diferentes cuando se trata de inmigrantes o cuando la diferencia proviene de una forma de confesar la fe cristiana que se funda en otras tradiciones o prácticas distintas a las nuestras. La unidad de la Iglesia debe estar al servicio de la unidad de los pueblos. En esta perspectiva la liturgia del envío subraya el vínculo del compromiso misionero y del compromiso ecuménico.

Las seis partes de esta celebración pueden ser tomadas como elementos de celebración que se pueden cambiar. Son éstas:

 

§ El comienzo: celebración de Cristo como luz.

§ La confesión de nuestros pecados y proclamación de la misericordia del Señor.

§ La proclamación de la Palabra de Dios.

§ La proclamación de la fe.

§ La intercesión: desplazamiento hacia el coro de la iglesia de los representantes de los pueblos y de las Iglesias presentes para la recitación de su emigración, la aportación de sus símbolos, la entrega de la vasija de barro conteniendo la luz, sus intercesiones y las de las comunidades cristianas presentes, su relato sobre su origen, y también sobre su desarrollo, implantación o su exclusión. Estos relatos pueden ser escuchados también al principio de la celebración como forma de acogida o como introducción a la liturgia de la Palabra.

§ El envío: procesión de la asamblea hacia el exterior, signo de la llamada de Cristo al testimonio, precedido de la bendición.

Queda el himno a Cristo Phos hilaron (Oh luz gozosa), y se aconseja que se cante la primera parte, el comienzo, después de haber invocado al Espíritu Santo iluminador antes de la proclamación de la fe (símbolo de Nicea u otro texto de profesión de fe).

Se debe adornar esta celebración con expresiones, cantos y símbolos propios de los pueblos representados. Para tomar el ejemplo de Argentina, es posible darse el símbolo de la paz en español, de ver los lectores y otros participantes revestidos de poncho, de acompañar los cantos por la guitarra, etc.

Esta celebración deberá ser preparada por un equipo ecuménico. Este trabajo deberá ser ocasión de encuentro y oración. Será perjudicial que la celebración se quede en una representación. Al contrario, deberá resaltar un fuerte deseo de profundizar en las relaciones entre cristianos inmigrantes y cristianos de comunidades estables de la región después de un largo tiempo.

 


 

Desarrollo de la celebración ecuménica

 

O: Oficiante A: Asamblea L: Lector

 

1. Comienzo (Se recomienda la celebración vespertina).

 

Invitación a la oración O: Luz y paz en Jesucristo nuestro Señor. 

A: Demos gracias a Dios.

O: Aleluya. Cristo ha resucitado. 

A: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

 

Una vasija de barro contiene la luz en un cirio encendido sobre la mesa del altar, o delante de todos, mientras un lector proclama la lectura de 2 Cor 4, 5-6. Algunos miembros de la asamblea avanzan para encender una vela y transmitir a todos la luz.

Cántico 

El cántico acompaña el gesto de compartir la luz: el «Sanctus» de Argentina, o un canto sobre el tema de la luz según el repertorio de una comunidad de inmigrantes, u otro canto conocido de la asamblea.

A: Señor, eres luz en las tinieblas, y en tu gran misericordia protégenos de todos los peligros a lo largo de toda nuestra vida terrena. Reaviva en nosotros, en nuestras comunidades, la luz de la fe; que brille en nuestros corazones el conocimiento de tu gloria que está en el rostro de Cristo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Himno «Phos hilaron» (se puede elegir este canto para otro lugar, como ya se dijo al comienzo).

Oh Luz gozosa de la santa gloria del Padre celeste inmortal, santo y feliz Jesucristo. Al llegar el ocaso del sol, contemplando la luz de la tarde, cantamos al Padre, al Hijo y al Espíritu de Dios. Tú eres digno de ser alabado siempre por santas voces. Hijo de Dios, que nos diste la vida, el mundo entero te glorifica.

 

2. Proclamación de la misericordia de Dios y confesión de los pecados

 

O: Confesemos nuestros pecados antes Dios y ante la humanidad.

Asamblea, o varios lectores sucesivamente

L: Dios misericordioso, confesamos que hemos pecado contra ti de pensamiento, palabra, obra y omisión.

Mira y perdona nuestros pecados de división por orgullo, haznos volver hacia nuestros hermanos y hermanas de otros credos, de otras culturas, de otras razas, a quienes hemos oprimido o excluido. Perdona nuestra dejadez y nuestra ceguera ante los problemas de los inmigrantes en nuestro medio.

Los cristianos de diversas confesiones ¿hemos buscado suficientemente formas de testimonio común «por causa de Jesús» para luchar contra los sufrimientos e injusticias de nuestros hermanos y hermanas inmigrantes? Perdona nuestra superficialidad y nuestra comodidad habitual, sin buscar compartir los valores y la fe.

L: No te hemos amado con todo nuestro corazón; no hemos amado a nuestro prójimo como a nosotros mismos. No lo sentimos sinceramente, no nos arrepentimos humildemente. Por el amor de tu Hijo Jesucristo, ten piedad de nosotros y perdónanos, para que podamos agradarte, caminar por tus sendas y llevar una existencia que permita transparentar tu misericordia por la gloria de tu nombre. Amén.

O: El Señor todopoderoso nos conceda misericordia, nos perdone todos nuestros pecados por nuestro Señor Jesucristo, nos fortalezca en toda bondad y, por el poder del Espíritu Santo, nos guarde para la vida eterna. Amén.

 

3. Proclamación de la Palabra de Dios Antiguo Testamento: Lv 25, 35-43 o Rut 1, 1-18 (cf. Introducción)

Salmo responsorial: Sal 43.

Nuevo Testamento: 2 Cor 4, 5-18 (cf. Introducción)

Aclamación: Aleluya

Evangelio: Mt 28, 16-20 (o Mt 8, 5-13, o Jn 4, 3-15, o Mc 7, 1-9)

Como signo del único Evangelio de Cristo destinado a ser proclamado en todas las lenguas y recibido en todas las culturas, se puede hacer la lectura en la lengua de los inmigrantes presentes.

Aclamación: Aleluya

Homilía (cf Introducción)

 

4. Proclamación de la fe 

O: Dios nuestro, que por Jesucristo, Señor del mundo y de la Iglesia nos llamas a formar un solo cuerpo y a expresar tu amor en la proclamación de una misma fe, te rogamos humildemente:

L: Concédenos luz y fuerza en la fe para vencer las tinieblas del mal que perjudica nuestra unidad de fe. Canto de invocación al Espíritu Santo, a elegir

L: Derrama tu amor en nuestros corazones para que podamos conocerte y discernir tu presencia creadora y reconciliadora en la vida de los seres que nos rodean. Canto de invocación

L: Renueva en nosotros el don de tu Espíritu Santo por medio del cual podemos proclamar juntos que Jesús es el Señor. Que cada corazón humano esté atento para suprimir las fronteras de las divisiones, que se borren las suspicacias, que cesen los odios y que se curen las heridas de la desunión para que podamos vivir en la justicia y en la paz, por Jesucristo nuestro Señor. Amén. Canto de invocación

Se puede cantar ahora el «Phos hilaron».

Símbolo Niceno-constantinopolitano (u otra fórmula de confesión de fe)

 

5. Intercesiones 

Los representantes de las comunidades inmigrantes se adelantan y presentan sus peticiones. Cada petición está precedida por un breve relato sobre la experiencia vivida. El espacio está a oscuras, mientras que su voz se eleva para pedir mucha más comprensión y expresar su fe y esperanza en la acción de Dios.

Antes de expresar su intención por la unidad cristiana, cada Iglesia puede también relatar su origen y su desarrollo, incluso su exclusión, por ejemplo: revocación del Edicto de Nantes en Francia, o las etapas de su vida a nivel local o nacional.

Una gran vasija de barro conteniendo el cirio encendido se pasará de mano en mano entre los participantes como signo de fe y solidaridad antes de ser colocada sobre la mesa del altar.

Todos pueden cantar la invocación española «Ven, Espíritu Santo», o elegir otra invocación.

Manifestamos el tesoro de nuestra fe en la fragilidad de nuestros testimonios personales, de nuestras comunidades, y de nuestras realizaciones ecuménicas. Que el Señor renueve en nosotros sus dones de luz, de fuerza y de comunión. Ven, Espíritu Santo...

Viviendo el sufrimiento y el mal, estamos inmersos en la desesperanza, comprobamos nuestra debilidad y hasta el sentimiento de la inutilidad en la acción por la justicia. Que el Señor nos conceda recibir el testimonio de personas y de comunidades inmigrantes que han esperado y actuado frente al desamparo. Ven, Espíritu Santo...

Frente a las exigencias de la misión en el mundo y conscientes de la importancia del Evangelio que se nos confía, podemos ser presa del activismo. Que el Señor nos conceda seguridad para proclamar nuestra fe. Ven, Espíritu Santo...

El movimiento ecuménico, como la emigración, forma parte de lo que hoy llamamos «globalización» y el mundo busca cómo vivirlo. Que el Señor, a través del acercamiento de nuestras Iglesias, inspire esta reconciliación. Ven, Espíritu Santo...

Oración de san Juan Crisóstomo 

O: Dios todopoderoso, tú nos das la gracia de este momento y de común acuerdo podemos presentarte nuestras súplicas, y tú nos has prometido en tu Hijo muy amado que allí donde dos o tres están reunidos en tu nombre estás en medio de ellos: atiende ahora, Señor, nuestros deseos y nuestras peticiones de tal manera que sea lo mejor para nosotros, recordando en este mundo el conocimiento de la verdad y, en el mundo futuro, la vida eterna. Amén.

Intercambio del signo de la paz 

A: Padre nuestro...

A: Cántico

Ofrenda La ofrenda puede tener lugar durante el canto. Es un gesto litúrgico expresivo de la comunidad en la fe, la caridad y la solidaridad. Este significado puede ser recordado en el momento indicado y a quién está destinado.

 

6. Envío y bendición (Nm 6, 24-26) 

O: Que el Señor os bendiga y os guarde 

A: Amén.

O: Haga brillar su rostro sobre vosotros y os conceda su gracia. 

A: Amén.

O: Vuelva su rostro sobre vosotros y os conceda la paz. 

A: Amén.

O: Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo esté siempre con vosotros. 

A: Amén.

Proclamación de Mt 28, 18-20 y llamada al testimonio común en el nombre de Cristo

O: Jesús se acercó y se dirigió a ellos con estas palabras: «Dios me ha dado autoridad plena sobre cielo y tierra. Poneos, pues, en camino, haced discípulos a todos los pueblos y bautizadlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos».

Envío 

A: Canto final

Una canción de bendición, o un canto de una comunidad de emigrantes presentes, u otro canto conocido por la asamblea.

Para significar el camino de nuestra existencia a la luz de Cristo y nuestra voluntad de responder juntos en la unidad al envío de Cristo, la asamblea sale de la iglesia a continuación de la persona que lleva la vasija de barro con la luz.

 


 

Temas y lecturas de cada día

 

Día primero

 

Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro  (2 Cor 4, 7)

Esperanza

Gen 15,1-7 - Sal 16 [15]

Heb 9,8-12 - Lc 24,13-35 

 

Día segundo

 

Perseguidos por todas partes, pero no aniquilados  (2 Cor 4, 8)

Fe

Ex 5,6-17 - Sal 128 [127]

Heb 11,13-27 - Mt 2,4-15 

 

Día tercero

 

Que la vida de Jesús se manifiesteen nuestro cuerpo  (2 Cor 4, 10)

A imagen de Cristo

Gen 1,26-27 - Sal 45 [44]

1 Tim 6,11-16 - Mt 5,14-15

 

Día cuarto

 

Que también la vida de Jesús se manifieste de nuestra carne mortal  (2 Cor 4, 11)

Dignidad de la vida

Esd 1,1-4 - Sal 50 [49]

Rom 6,6-14 - Mc 9,33-37

 

Día quinto

 

Creí,por eso hablé  (2 Cor 4, 13)

Ánimo 

Jos 1,1-9 - Sal 113 [112]

Ef 2,11-22 - Mc 7,24-30 

 

Día sexto

 

...Para que la gracia sobreabundantehaga crecer la comunidad...(2 Cor 4, 15)

La justicia de la gracia de Dios

Dt 10,17-22 - Sal 103 [102]

Rom 3,21-31 - Mt 5,1-12  

 

Día séptimo

 

Por eso no desfallecemos  (2 Cor 4, 16)

Perseverancia

Neh 7,73-8,3 y 9-10 - Sal 118[117],5-9,19-24 

Hch 7,54-8,5 - Mc 10,28-30  

 

 

Día octavo

 

Nos preparan un caudal eterno e inconmensurable de gloria  (2 Cor 4,17)

Llamadosa la unidad en el camino de la gloria

Is 33,17-22 - Sal 42 [41]

Ef 4,1-6 - Jn 17,20-26

 


 

Textos bíblicos, reflexiones y oraciones 

para el Octavario

 

Gn 15, 1-7… No temas, Abraham, que tu recompensa será muy grande Sal 16 [15] Tú eres mi Señor, mi único bien Heb 9, 8-12 Jesucristo es el pontífice de los bienes futuros Lc 24, 13-35 Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel

 

Comentario 

Abraham pone su confianza en la promesa de Dios. Deja su vida agradable para caminar hacia la tierra prometida. Con su familia, llega a ser un extranjero, un emigrante llamado a una dolorosa y penosa integración, pero ciertamente fructuosa y liberadora en la tierra de Canaán.

Los caminantes de Emaús son imagen de los que retornan a su anterior punto de partida para retomar el momento inicial que les había animado a seguir a Jesús hasta el pie de la cruz. «Moisés, la ley y los profetas» en unión con Jesús infunden en su corazón turbado la confianza y el amor como signo de la presencia del tesoro divino, fundamento de su esperanza. Cada cristiano comparte la esperanza. No significa la lucha por la vida, pero la ilumina con una serena y confiada fuerza.

Dejar su tierra, partir hacia otra, hacia el extranjero, permite abrirse y unirse al otro para ofrecer a Dios un corazón ensanchado, capaz de guardar el tesoro que Dios quiso colocar en todos y en cada uno. Este corazón ensanchado es la vasija de barro de nuestra humanidad hecha de polvo. Parece débil e insignificante para encerrar un tesoro, pero esa es su grandeza.

Los cristianos, juntos, deben proclamar este tesoro que reina en la gloria bajo la mirada del resucitado. Manifiestan su herencia común cuando están presentes en una comunidad reconciliada.

 

Oración 

Padre nuestro, a pesar de nuestra debilidad, nos has hecho discípulos de tu Hijo, testigos de la esperanza y de los fieles que quieren manifestar su victoria en un mundo escéptico y turbado.

Llevamos este tesoro en vasijas de barro y tenemos el miedo de ceder ante el sufrimiento y el mal. Dudamos muchas veces del mismo poder de la palabra de Jesucristo, que dijo: «Que todos sean uno». Ven y restaura en nosotros el conocimiento de tu gloria que se manifiesta en el rostro de Cristo, para que en nuestros actos, nuestros compromisos y toda nuestra vida proclamemos tu vida y tu actuación en el mundo. Amén.

 


 

Ex 5, 6-17 Que aumente el trabajo de estas gentes sin cesar Sal 128 [127] Comerás del trabajo de tus manos Heb 11, 13-27 Aspiraban a una patria mejor Mt 2, 14-15 José se levantó, tomó al niño y a su madre y se fue a Egipto

 

Comentario 

El siglo que acaba de finalizar ha estado marcado por diferentes formas de opresiones políticas, sociales, culturales y económicas. En ciertos aspectos, la emigración participa de estos fenómenos que todavía existen hoy día. Los emigrantes dejan su país a cambio de una vida mejor, lejos de persecuciones y del hambre. Buscan las posibilidades que no tuvieron en sus países, o intentan salir de los regímenes políticos y sistemas económicos que tuvieron en su lugar de residencia. En su lugar de llegada sufren frecuentemente una explotación semejante a la que de los judíos en Egipto.

El emigrante es un ser desamparado. Ha tenido que abandonar su entorno familiar para afrontar una vida en condiciones culturales y sociales diferentes, con todos los problemas que ello implica. Su camino se cruza con personas egoístas y situaciones crueles, en que se ven las huellas del pecado y las causas principales de la emigración.

Por lo demás, la emigración puede ser vivida como un acto de fe. Recordamos a Abraham, que dejó el país de sus antepasados por una tierra prometida, o Moisés, que lleva a su pueblo lejos de la esclavitud. Recordamos igualmente a Jesús, María y José, que tuvieron que huir a Egipto por salvar su frágil vida, amenazada por el inmenso poder de Herodes. Hoy como ayer, en medio de todos los peligros, Dios nos enseña el camino que conduce a la vida.

Perseguidos, pero no desanimados, millones de personas ponen en su fe en Dios la fuerza para hacer frente a las numerosas discriminaciones motivadas por la raza, el color de la piel, el sexo, la cultura, la lengua o el poder adquisitivo.

Las migraciones tienen también consecuencias en el plano económico. Los miembros de las diferentes Iglesias han de encontrar y buscar siempre la unidad. Todos somos, de una u otra forma, emigrantes en esta tierra. Todos somos peregrinos hacia la casa del Padre. También las Iglesias están invitadas a caminar hacia la unidad, contemplando juntas el camino que el Señor las ha abierto.

Oración 

Dios, Padre nuestro, tu Hijo ha conocido el exilio en Egipto. Acompaña a la muchedumbre de emigrantes de nuestra época. Permite que el Espíritu Santo toque a todo corazón humano: que se derrumben las fronteras que nos separan, que desaparezcan los prejuicios, que cesen los odios. Que tu Espíritu sople sobre las Iglesias y las vivifique en su camino hacia la unidad. Que nos ayude a superar nuestras divisiones, y nos conceda avanzar en la justicia y la paz Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


 

Gn 1, 26-27 A imagen de Dios los creó, hombre y mujer los creó Sal 45 [44] Dios te ha ungido 1 Tim 6, 11-16 Guarda el mandato limpio y sin reproche Mt 5, 14-15 Vosotros sois la luz del mundo

 

Comentario 

El ser humano lleva en sí mismo la imagen y el resplandor de Dios. Es el signo de una dignidad que nadie, ni la debilidad, ni el mundo, ni la opresión pueden borrar. Esta misteriosa realidad constituye una permanente vocación al desarrollo espiritual hasta alcanzar la dimensión de Cristo.

El mismo Cristo vive en el cristiano, en la unidad de su ser, alma, espíritu y cuerpo. El cristiano, hombre y mujer, en las situaciones concretas de la historia, debe manifestarse la vida de Cristo que está en él. Está llamado a combatir el buen combate de la fe, observando las exigencias evangélicas sin tacha hasta la manifestación del Señor.

Este testimonio implica a todo el ser creyente, incluso su cuerpo. Los miembros de diferentes Iglesias, al dar fiel testimonio en el pasado y en el presente, han sufrido y sufren el martirio, acto supremo de obediencia al Señor y de transparencia de fe. Muchas causas que provocan el martirio están en los orígenes del exilio.

Así, el cristiano está llamado a ser transformado a semejanza de Cristo de manera que manifieste la misma vida de Cristo.

«Yo soy la luz del mundo». «Vosotros sois la luz del mundo». Esta luz debe resplandecer a través de las obras de justicia, de caridad, de misericordia, de tal suerte que llegue a ser anuncio de la obra salvífica de Dios, Los hombres y mujeres tienen también ocasión de dar gloria al Padre que quiere que todos los hombres se salven.

Como Iglesia, estamos inmersos en la tarea de revisar las particularidades culturales que hacen que una gran parte de la población no sea reconocida en su dignidad humana, sobre todo en los emigrantes. De hecho, estos elementos que dividen personas y naciones participan del mismo pecado que divide las Iglesias e impiden un verdadero testimonio. Y esto, más que un verdadero testimonio de unidad entre los creyentes no puede ser sino una búsqueda destinada a superar en total sinceridad las barreras que dividen a la sociedad.

 

Oración 

Dios del amor, fuerza creadora de toda existencia, ayúdanos a discernir en nosotros y en cada uno de nuestros hermanos y hermanas tu imagen y semejanza. Danos la fuerza necesaria para ser consecuentes con tu amor que todo lo vivifica. Dios del amor, te rogamos que el testimonio que debemos manifestar nos lleve a la unidad de las Iglesias. Que se nos conceda el manifestar todos a una sola voz que todos los hombres y mujeres son responsables de la creación y de su prójimo. Amén.


 

Esd 1, 1-4 Quien de entre vosotros sea de su pueblo, que Dios esté con él. Sal 50 [49] Que los cielos proclamen su justicia Rom 6, 6-14 Muertos al pecado y vivos para Dios en Jesucristo Mc 9, 33-37 Si alguno quiere ser el primero que sea el último y el servidor de todos

 

Comentario 

Vivimos momentos difíciles en casi todos los aspectos de la existencia. Hombres y mujeres se ven influenciados por modos de vida degradantes. Para muchos de ellos, la existencia es algo imprevisto que les lleva a la desesperación y al terror.

Sin embargo, Cristo nos invita a aceptar el reto de vivir de un modo conforme a las exigencias del reino. Su presencia en su pueblo marca a cada uno. La fuerza de su resurrección nos libra de toda seducción portadora de muerte. Si nosotros lo sentimos por la fuerza del rechazo, del desprecio o de la exclusión, podemos comprender la importancia de nuestro pasado. Si habíamos estimado que de simples pecadores éramos incapaces de enseñar lo mismo que los doctores de la ley, jamás habíamos entendido el mensaje de los apóstoles, ni el del hijo del carpintero de Nazaret. Por ello, debemos cuestionarnos mutuamente el modelo social cuando éste excluye e ignora las necesidades materiales y espirituales de los demás. En esta lucha al interior de nuestra sociedad podemos estar tentados de renunciar pensando que estamos solos. No perdemos el ánimo porque otros hijos de Dios se abren en favor de la dignidad de la vida y manifiesten así la vida de Jesús en nuestra existencia mortal.

La Iglesia está llamada a manifestar esta luz que brilla en las tinieblas. La postura de la unidad, de cara a un mundo dividido, es fundamental: nuestra vocación común es mostrar juntos la fuerza de la resurrección para que el mundo crea. En medio de las luchas por el poder y la discordia, de cara a todas las miserias y guerras, no huimos de los problemas estando en el mismo barco, sino que nos comprometemos a dejarnos guiar por Cristo para que el mundo cambie de dirección.

 

Oración 

Dios nuestro, queremos que nos conviertas enteramente a ti y no tener confianza más que en tu solo poder. Pacifica nuestros cuerpos y nuestros espíritus, penetra nuestros corazones, ayúdanos a apreciar en cada una de nuestras tareas ordinarias la fuerza de la resurrección que tú nos das. Oh Dios, abre en nosotros el camino de la unidad, condúcenos por tu mano en el camino de tu Iglesia para ser testigos de la esperanza. Por ello, en Cristo no podemos desesperar. Él es la victoria. Por su muerte y resurrección, él ha vencido la muerte. Oh Dios, esperanza nuestra, danos el Espíritu de la verdad, de valentía y de fuerza para que avancemos juntos hacia la unidad plena y visible de la Iglesia, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 


 

Jos 1, 1-9 Sé fuerte y valiente, no temas, no te apartes Sal 113 [112] Levanta del polvo al desvalido Ef 2, 11-22 Ya no sois extranjeros ni emigrantes Mc 7, 24-30 Por haber hablado así, vete

 

Comentario 

En tiempo de incertidumbre y miedo después de la muerte de Moisés, Josué habla animando en nombre de Dios y llama al pueblo de Israel a cruzar el Jordán para ocupar la tierra que Dios había prometido a sus antepasados. Josué invita al pueblo a ser fuerte y valiente, y a actuar según la ley de Dios.

Muchas generaciones de cananeos habitaban una parte del país y fue una mujer cananea quien se presentó a Jesús y le pide con empeño la curación de su hija. Cuando Jesús responde bruscamente que no está bien quitar el pan de los hijos, ella replicó que los perros pequeños comen las migas de los niños que caen de la mesa. Paganas y mujeres ponían en acción su amor materno para que con valor y audacia caigan las barreras levantadas por la cultura, la tradición y el sexo. Jesús tenía un plan de acción que tenía prisa en realizar. Estaba convencido de que primeramente debía dirigirse a la casa de Israel. A pesar de ello, sentía profundamente el valor y la respuesta de esta mujer y, en su contexto, elimina las mismas barreras diciendo: «Por haber hablado así, vete, que el demonio ya salió de tu hija».

En la Carta a los Efesios, su autor invita a los cristianos gentiles que en el pasado estaban «privados del derecho de ciudadanía en Israel, ajenos a las alianzas de la promesa». Pero ahora, en Jesucristo, los que estaban lejos ahora están cerca. El Señor destruye el muro y la hostilidad que separa a gentiles y judíos, y los reconcilia con Dios en un solo cuerpo por medio de la cruz. Hoy día los cristianos están empujados por la ley de Cristo a ir más allá de las fronteras culturales y raciales para acoger a los refugiados y extranjeros, y responder a sus necesidades. Podemos aprender mucho de la profunda fe cristiana de los emigrantes que atraviesan las fronteras para venir a nuestro país y formar parte del cuerpo de Cristo.

Como Iglesia y como cristianos, cada uno de nosotros debe aceptar el desafío de testimoniar con valentía la verdad del Evangelio de Jesucristo. Debemos vivir concretamente este testimonio y manifestar al mundo la unidad que Cristo quiere para sus hijos, ya que las Iglesias divididas están debilitadas en su misión. Ser Iglesia de Cristo es un don que comporta la enorme responsabilidad de ayudar a los incrédulos a descubrir que el amor de Dios es la única respuesta a sus deseos. Tendremos que pedir a Dios que cure nuestra falta de unidad y nos ayude a proclamar nuestra fe con valentía.

 

Oración 

Oh Dios, tú has inspirado a tu siervo Josué para que hable con valentía en tiempo de angustia; tú has guiado a tu pueblo hacia la tierra prometida. Tu Hijo Jesucristo venció las barreras levantadas entre las culturas, las clases sociales y entre hombres y mujeres para sanar y dar esperanza a los necesitados. Él es nuestra paz. En su carne derribó los muros de la separación y ha creado una nueva humanidad. Oramos en la fe por el cuerpo de Cristo, la Iglesia en el mundo de hoy. Tú, que nos has confiado la tarea de preparar tu reino sobre la tierra, ayúdanos a cumplirla en la unidad y no en la división. Haz que escuchemos tu voz, en vez de escuchar solamente nuestros deseos. Haz que superemos nuestras divisiones y vivamos según tu ley de caridad. Danos la fuerza de afirmar nuestro compromiso. Guía a los que tienen necesidad de tu bendición, especialmente los refugiados y extranjeros que viven entre nosotros. Juntos, somos el cuerpo de Cristo y oramos en su nombre. Amén.


 

Dt 10, 17-22 ...que hace justicia al huérfano y a la viuda... Sal 103 [102] El Señor es compasivo y misericordioso Rom 3, 21-31 Son justificados gratuitamente por su gracia Mt 5, 1-12 Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia

 

Comentario 

El pecado es la fuente de toda forma de injusticia en el mundo. Rechazando la justicia de Dios, desposeemos a los seres humanos de su dignidad y de sus derechos fundamentales. De este modo levantamos estructuras injustas y ridiculizamos los derechos de la persona. Creemos que Dios nos ha justificado en Cristo, por su profundo amor para con nosotros. La justicia de Dios se experimenta por la efusión de su gracia reconciliadora. Por la muerte y resurrección de Cristo, nos devuelve la dignidad de ser sus hijos y nos destina a una comunión eterna con él.

Como cristianos, somos enviados a proclamar juntos la justicia de Dios y la fuerza de su gracia. Nuestra tarea es la de difundir la justicia de Dios mediante nuestro testimonio. Estamos llamados a ser instrumentos del Reino de Dios, como hombres y mujeres justos que viven y buscan revelar a todos su amor y su justicia. Teniendo nuestra casa en los cielos, queremos realizar una sociedad más justa y una tierra renovada, realizando más visiblemente lo que Dios desea para sus hijos.

La experiencia de los refugiados no representa más que uno de los muchos rostros de la injusticia de nuestra época. Sociedades económicamente injustas expulsan a sus miembros reduciéndolos al hambre y a la pobreza, rechazando las condiciones de vida humana e impidiendo acceder a la salud y a la educación. Otros tienen que emigrar por causa de la guerra o de la imposibilidad de practicar libremente su fe. En este mundo tenemos que gritar en voz alta nuestra sed de justicia esperada durante largo tiempo. Dios se identifica con los pobres, los débiles, los enfermos, los extranjeros, los niños, los ancianos y las viudas. En las bienaventuranzas, estamos llamados a ser promotores de una justicia que va más allá de la justicia de este mundo. Para cumplir esta tarea, nos ha dado los medios para eliminar las estructuras de las fuentes de discriminación, transformándolas en instrumentos de paz y de justicia para todos.

Nuestra unidad y nuestra misión son el signo de nuestra esperanza. Nuestra comunión en Cristo es una expresión visible de la nueva humanidad. La visión espiritual de la vida que tenemos en Cristo es la esencia de toda justicia y la base de los derechos humanos. Nuestra activa solidaridad con los débiles hace visible el poder de la justicia de Dios.

 

Oración 

Oh Dios, te damos gracias por hacernos tus hijos e hijas en Cristo. Tú nos llamas a promover en el mundo tu plena justicia de gracia. Haz que trabajemos sin temor por la justicia que es el único medio de llegar a una paz auténtica y a una sociedad más humana. Dios amoroso, refuerza los vínculos que nos unen y llámanos a una vida en la que la unidad de los fieles se refleje en las acciones de cada comunidad. Dios todopoderoso, acércanos más unos a otros, para que tu voluntad, y no la nuestra, se haga realidad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


 

Neh 7,73-8,3 y 9-10 No sigáis en luto ni lloréis más Sal 118 [117], 5-9, 19-24 Abridme las puertas de la justicia Hch 7,54-8,5 Los que se habían dispersado... fueron anunciando la Palabra Mc 10, 28-30 ... Ahora cien veces más, en este tiempo, con persecuciones...

 

Comentario 

Aveces la vida nos reclama su merecido. Sabemos todo lo que significa sufrir o luchar. La vida deja particularmente sus cicatrices en el cuerpo de los refugiados, de las personas desplazadas, de los sin techo, sobre el cuerpo de todos aquellos que continuamente tropiezan con más obstáculos sin que encuentren soluciones. Los días corren unos detrás de otros y cada uno aporta su parte de dificultades: una mujer que ha de abandonar rápidamente su país; jóvenes y niños que se encuentran en un país extranjero; un hombre debe renunciar al oficio que su padre le enseñó ni le es útil; una familia forzada a abandonar su lengua materna por otra, a sacrificar sus costumbres por otras que le son extrañas. Todo esto ha sido la muerte, el hambre, la exclusión. En nuestros días miles de personas se ponen silenciosamente en camino hacia países desconocidos que no siempre les acogen con caridad y comprensión.

Los primeros cristianos también atravesaron adversidades y luchas difíciles. La manera como comprendieron y aceptaron esta situación ilustra a las futuras generaciones cristianas las bases de la perseverancia y de la solidaridad que nos ofrece la fe. En el momento crítico en que Esteban fue muerto y la Iglesia de Jerusalén era gravemente perseguida, sus miembros dispersos encontraron fuerza interior para continuar proclamando la Palabra en lugar de quedar paralizados por el miedo. Pablo, en sus cartas a los corintios, les anima a no perder la esperanza a pesar de su aflicción y su abatimiento, sino a comprender estas experiencias como una manera de llevar en su cuerpo la muerte de Jesús para que la vida de Cristo se manifieste visiblemente. Esta relación clara existe entre sus propias luchas, y la muerte después de la resurrección de Jesús refleja cómo el poder de la resurrección ha cambiado la comprensión del sufrimiento y de la muerte.

Hoy nos preguntamos cómo testimoniar el poder renovador de la resurrección de cara a los cuerpos heridos de los refugiados y los pobres, cuando estamos afectados por sus profundos sufrimientos y sus vidas sacrificadas. Una y otra vez abrimos los ojos y nos tropezamos con una triste verdad: nuestro mundo está más dedicado a la destrucción que a la promoción de la vida. Al mismo tiempo, sabemos que todavía no es posible percibir la acción renovadora y regenerante de Dios entre nosotros y de nuestro testimonio. Los cristianos que actúan juntos en estos contextos privilegiados tienen la oportunidad particular de ser portadores de luz y esperanza, a través de actos sencillos de gentileza y hospitalidad. Se elevan voces y las manos se tienden en solidaridad con nuestros hermanos en dificultad o en desaliento. Descubrimos que todo acto de piedad hacia un pueblo crucificado nos pone en presencia del mismo Cristo y nos recuerda que la misión de todo cristiano es la de Dios. Además, los que sufren nos muestran a menudo sus cuerpos fatigados, que la gratitud es todavía posible, que la esperanza no ha muerto, que no todo está perdido si nosotros ponemos nuestra confianza en Aquél que hizo nuevas todas las cosas. Entre el sufrimiento y las heridas, el Evangelio se nos ofrece como remedio.

 

Oración 

Dios todopoderoso, estamos unidos en la certeza de que tú acompañas a los que sufren y a los oprimidos; estamos unidos en la llamada a ser instrumentos de esperanza y de compasión hacia todos los necesitados: dirige nuestras manos hacia los oprimidos, los pobres, los refugiados. Tenemos tendencia a olvidar a nuestro prójimo en dificultad, abre nuevamente nuestros ojos y corazones hacia sus penas. Insufla fe y esperanza en los que están abatidos, desanimados y desesperados, cuyas vidas están marcadas por la adversidad. Condúceles tiernamente a descubrirte en el corazón de su experiencia más oscura. Amén.

 


 

Is 33, 17-22 El Señor es nuestro rey, él nos salvará Sal 42 [41] Esperaré en Dios y volveré a darle gracias Ef 4, 1-6 Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo Jn 17, 20-26 Para que contemplen la gloria que tú me has dado

 

Comentario 

En la época en que Jerusalén estaba amenazada, el profeta Isaías esperaba el día en que comenzara el reino de Dios o en que Jerusalén fuera «una mansión tranquila que no fuera más destruida, donde las estacas no se arrancan o las cuerdas no se sueltan». En el mundo de hoy los refugiados, en búsqueda de libertad política o de estabilidad económica, suspiran por el día en que finalmente podrán terminar de desplazarse y vivir bajo el amparo de la suerte o de esconderse en camiones. Buscan un lugar en el que, por fin, puedan establecerse y vivir en seguridad, en la paz y bienestar.

La Iglesia se considera también en camino. Somos un pueblo peregrino, extranjero en esta tierra, viajero de la fe en camino hacia la Jerusalén celestial, suspirando por ver a Dios. Frecuentemente el pueblo peregrino de Dios, ante la espera atenta de su reino sobre la tierra, experimenta el mismo deseo de estabilidad y de paz sentida por los refugiados.

Mientras que los cristianos ven la existencia humana sumida en la inseguridad de toda peregrinación, reconocen a la Iglesia su vocación profética de anunciar la visión de lo que Dios nos ha preparado, un «caudal extraordinario de gloria eterna» que inscribe nuestras luchas en un amplio contexto de esperanza y de promesa. Este futuro que Dios nos prepara se caracteriza por la unidad que se nos ofrece como un don en el Espíritu: «Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza a la que somos llamados; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre de todos, que reina sobre todos, por todos y en todos». La Iglesia debe vivir hoy como un signo de esta unidad que nosotros concebimos en su plenitud únicamente como promesa de Dios.

En lugar de aquélla, somos presentados a los hombres con nuestras discordias que no han creado más que confusión mientras somos llamados a difundir la luz. La tarea ecuménica que nos ha sido confiada consiste en redescubrir y realizar visiblemente la unidad, que es siempre un don del Espíritu Santo. Sin embargo, los cristianos omiten esto. Como pueblo peregrino debemos conservar la esperanza y la certeza de que seremos una sola cosa en Cristo y que veremos la gloria que Dios concede a sus hijos «desde la creación del mundo».

 

Oración 

Señor, muéstranos tu misericordia y, por el poder de tu Espíritu, disipa las divisiones que hay entre los cristianos para que tu Iglesia aparezca más claramente como signo visible entre todas las naciones.

Señor, concédenos un amor renovado, una auténtica sabiduría y un nuevo ímpetu en nuestra búsqueda de la unidad para que el mensaje eterno de tu Hijo sea recibido por todos como la buena noticia.

Señor, reanima nuestra fe y nuestra esperanza, para que avancemos en la alegría de tu reino celestial, confiados en tu promesa de gloria eterna. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 


 

Situación ecuménica en Argentina*

 

Argentina es un país joven, bañado por el Océano Atlántico y situado al sur del continente americano. Su población desciende principalmente de los emigrantes europeos y del Oriente Medio quienes, con los hijos de los conquistadores españoles y de las antiguas naciones indígenas, poblaron el país. Durante los últimos decenios Argentina acogió, igualmente, inmigrantes suramericanos, procedentes de países limítrofes así como de países asiáticos, la mayor parte originarios de Corea y Taiwan. La lengua oficial es el español y la religión más numerosa de fieles es el cristianismo, aunque sucesivamente se han implandado comunidades judías e islámicas.

Argentina es el producto cultural de estas diversas inmigraciones. No es sorprendente encontrar en su territorio católicos, protestantes de diferentes Iglesias y denominaciones como también de miembros de Iglesias ortodoxas o pre-calcedonenses. Estos vinieron como inmigrantes, ciertamente para buscar una vida mejor, otros huyeron de persecuciones políticas o de la intolerancia religiosa de sus países de origen. Al mismo tiempo que sus distintos orígenes, han aportando las creencias religiosas que les caracterizan. Un cierto número de Iglesias protestantes se han desarrollado según la actividad misionera ejercida en el seno de la población local. En Argentina el panorama del cristianismo es polifacético y con potencialidad. 

 

La Iglesia católica 

La Iglesia católica llegó con los conquistadores españoles y ha acompañado el proceso de colonización y de implantación de europeos en América. Hoy día es la Iglesia mayoritaria del país. Cuenta con muy antiguas parroquias y un número importante de servicios sociales, edificios religiosos y colegios diseminados por el conjunto del territorio. La historia de Argentina es inseparable del papel que la Iglesia católica ha jugado, contribuyendo de este modo a su desarrollo cultural así como al del pensamiento y su destino político. Numerosos representantes principales que han marcado la historia de este país han sido creyentes católicos practicantes y sinceros.

La presencia de la Iglesia católica destaca particularmente a través de sus magníficos edificios religiosos, como la Catedral de la Plata, uno de las más imponentes del mundo, o también la Basílica de Luján, dedicada a la Virgen María. Esta basílica ha llegado a ser uno de los principales lugares de peregrinación del país; miles de visitantes se reúnen cada año. Pero igualmente existen cientos de pequeñas iglesias en las que las comunidades locales celebran la misa y contribuyen al desarrollo social de su barrio llevando a cabo proyectos de solidaridad, de caridad y de acción comunitaria. Sacerdotes y religiosos de varias órdenes religiosas trabajan en numerosos centros ofreciendo asistencia a los pobres y marginados en sectores como la sanidad y la educación; además, están comprometidos en la lucha por el respeto a los derechos del hombre, su dignidad y bienestar. 

 

Las Iglesias protestantes 

Las primeras Iglesias protestantes llegaron a Argentina a principios del siglo XIX cuando la independencia conquistada a la dominación española hizo abrir las fronteras y dio a luz un género de inmigración diferente y pluralista. La primera Iglesia que se fundó fue la Iglesia anglicana, cuyas primeras reuniones regulares comenzaron en 1821, año en el que fue igualmente inaugurado un templo en Buenos Aires, el primero en América Latina. Los primeros miembros de la Iglesia anglicana se componían de comerciantes, hombres de negocios y empleados ingleses. Luego, en las zonas rurales llegaron inmigrantes escoceses presbiterianos que establecieron sus iglesias. La misión metodista inicia su actividad en Buenos Aires en 1836. Ya en la mitad del siglo XIX, las primeras Iglesias protestantes desarrollaban su acción a través de los servicios sociales, escuelas y programas de evangelización, dirigiéndose a los inmigrantes y a la población indígena.

A final del siglo XIX los inmigrantes reformados y luteranos aportan también su fe en Argentina. La instalación de las Iglesias reformada y luterana se debe principalmente a la llegada de inmigrantes procedentes de los Países Bajos y Alemania. En esta misma época llegaron los bautistas y miembros de las Iglesias libres. Los valdenses procedentes de Italia se establecieron en las zonas rurales con los metodistas, que crearon un centro de formación teológica destinado a los responsables locales. Algunos decenios más tarde, las Iglesias pentecostales inician su obra caracterizada por una fuerte evangelización y una rápida expansión. Se puede considerar que a principios del siglo XX todas las expresiones del protestantismo estaban representadas en Argentina. En efecto, ellas eran parte integrante de la vida de las comunidades de inmigrantes europeos, se vinculan a la población local y se organizan misiones al lado de las comunidades indígenas que han sobrevivido a la conquista de sus territorios. Hoy día, todavía encontramos hasta en los más pequeños pueblos del interior al menos una iglesia de tradición protestante. 

 

Las Iglesias orientales en Argentina 

La primera Iglesia oriental localmente organizada fue la Iglesia ortodoxa rusa (presente desde 1888). Fieles ortodoxos de diversas nacionalidades habían solicitado efectivamente esta presencia en el seno de la misión diplomática rusa en Buenos Aires. Gracias al apoyo de los inmigrantes griegos, serbios, búlgaros, sirios, libaneses y rusos así como de la familia imperial rusa, la Iglesia de la Santa Trinidad fue construida en Buenos Aires en 1901. Algunos años más tarde, en 1905, la Iglesia griega ortodoxa logra el nombramiento de un sacerdote al servicio de su comunidad. Esta Iglesia va prosperando en diferentes partes del país y en 1928 fue edificada la catedral de la Dormición de la Madre de Dios. El Patriarcado griego ecuménico fue restablecido en 1938, y después de 1951 Buenos Aires es la sede del obispo dependiendo de la jurisdicción de las archidiócesis americanas del norte y del sur.

Entre las Iglesias ortodoxas, la que depende del Patriarcado de Antioquía abarca el mayor número de fieles. La mayor parte de sus miembros proceden de Siria o de Líbano. Esta Iglesia comienza a implantarse en Argentina desde 1921 y la diócesis fue erigida en 1949 aunque la sede episcopal no se había fundado hasta 1955. La catedral fue inaugurada a finales del año 1956 y la primera misa celebrada con ocasión de la fiesta de Navidad del mismo año.

La Iglesia apostólica armenia se constituye en Argentina con la llegada de inmigrantes armenios entre 1909 y 1911 cuando tuvieron que huir de las masacres de Adana bajo el régimen turco. Desde 1915 a 1920 llegaron igualmente supervivientes del gran genocidio. Entre 1925 y 1936 fue el turno de los armenios de Cilicia que se escaparon de Turquía y, finalmente, entre 1947 y 1954, tras la segunda guerra mundial, numerosos armenios emigraron a Argentina.

Como consecuencia de la gran ola de emigración a principio del siglo XX, la Iglesia siria ortodoxa de Antioquía se establece con la llegada de familias procedentes de Iraq, Siria y Turquía, atravesando esta última un periodo de fuerte intolerancia religiosa. Esta Iglesia tiene como cabeza un Vicario patriarcal y su sede se encuentra en la ciudad de La Plata. En el interior del país, diversos lugares de culto y centros de actividades sociales acogen a los fieles. Esta Iglesia está en plena comunión con la Iglesia católica apostólica de Antioquía, con la que ha firmado un acuerdo de unidad de fe.

Las Iglesias ortodoxas han contribuido al desarrollo de organismos dedicados a la cultura y a la educación, a la puesta en marcha de servicios de asistencia a los más desfavorecidos, a la creación de programas radiofónicos y otras actividades que vienen enriqueciendo el mosaico de la cultura argentina. Sus miembros están plenamente integrados en la vida social y política del país. 

 

En camino hacia la unidad 

Emprender un diálogo por la unidad en Argentina no ha sido cosa fácil. Hasta los años sesenta, las relaciones ecuménicas pertenecían principalmente a las Iglesias protestantes y evangélicas; las Iglesias católica y ortodoxa no estaban todavía comprometidas en aquella época. Ciertamente, las relaciones entre las diferentes autoridades eclesiales habían sido siempre fraternas, pero se deploraba una cierta desconfianza a nivel de comunidades locales debido al proselitismo y al crecimiento de las Iglesias protestantes. Las Iglesias no habían iniciado todavía ningún diálogo oficial. En esta época, las Iglesias protestantes y evangélicas colaboran en organizaciones, como la Alianza Bíblica, la Federación de Iglesias y las secciones locales de YMCA y YWCA. Celebraban igualmente juntas el Día de la Reforma y el Día mundial de oración.

Después de algunos años, el diálogo y la amistad entre los creyentes de distintas tradiciones han dado sus frutos. Gracias a las nuevas corrientes nacidas en el Concilio Vaticano II y a la apertura manifestada por las mismas Iglesias protestantes y debido a la influencia del movimiento ecuménico europeo, una nueva y fructuosa era de encuentros y colaboración comienza a actuar. Las asambleas locales empiezan a reunirse y el diálogo se instaura entre los ministros y sacerdotes mientras las comisiones bilaterales se ponían al día. En ciertos casos se desarrolla igualmente una cooperación en el campo de los servicios sociales, las organizaciones luchando por el respeto de los derechos del hombre y la divulgación de la Biblia. Los resultados positivos de tales actividades como el Seminario para la formación teológica, el Servicio inter-parroquial para asistencia mutua y el encuentro de voluntarios en las organizaciones como Caritas, Caref, Ceas y otras son absolutamente dignas de subrayar.

Varios años de progreso ecuménico han conducido a la creación en 1988 de la Comisión Ecuménica de Iglesias Cristianas de Argentina (CEICA), un lugar de diálogo y de colaboración, donde ortodoxos, católicos y protestantes pueden encontrarse. Sus miembros se reúnen regularmente para tratar temas de interés común, intercambiar informaciones sobre sus respectivas Iglesias, debatir sobre programas realizados o sobre las dificultades encontradas en el trabajo ecuménico tanto a nivel local como nacional. Organizan encuentros donde rezan conjuntamente por la unidad de la Iglesia y por la superación de los problemas de nuestra época. Obispos, ministros, sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, participan en estas asambleas.

A lo largo de su existencia aunque todavía breve, la CEICA tuvo que hacer frente a dificultades y desafíos intrínsecos propios del compromiso ecuménico: encontrar un modo armónico de convivir diferentes tradiciones y modos de vivir el compromiso como cristianos, remontar las incomprensiones, tomar decisiones que expresen y satisfagan el punto de vista de cada uno. Pero los enormes progresos han sido realizados en el conocimiento y estima mutuos, en el descubrimiento del patrimonio común de las diversas Iglesias y en el desafío de la misión pastoral en la sociedad actual. Es esta Comisión la que cada año se encarga de organizar la Semana de oración por la unidad de los cristianos. 


 

Algunas fechas importantes en la historia 

de la «Oración por la unidad» 

y de la «Semana de oración»

 

 

1740 Escocia (aproximadamente) Nacimiento en Escocia del movimiento pentecostal con vinculaciones en América del Norte, cuyo mensaje por la renovación de la fe llamaba a la oración por todas las Iglesias y con ellas.

1820 James Haldane Stewart El Rvdo. James Haldane Stewart publica «Consejos para la unión general de los cristianos con vistas a una efusión del Espíritu» (Hins for the outpouring of the Spirit).

1840 Ignatius Spencer El Rvdo. Ignatius Spencer, un convertido al catolicismo, sugiere una «Unión de oración por la unidad».

1867 Lambeth La primera asamblea de obispos anglicanos en Lambeth insiste en la oración por la unidad, en la introducción a sus resoluciones.

1894 León XIII El Papa León XIII anima a la práctica del Octavario de oración por la unidad en el contexto de Pentecostés.

1908 Paul Wattson Celebración del «Octavario por la unidad de la Iglesia» bajo la iniciativa del Rvdo. Paul Wattson.

1926 Fe y Constitución El Movimiento «Fe y Constitución» inicia la publicación de «Sugerencias para un Octavario de oración por la unidad de los cristianos».

1935 Paul Couturier En Francia, el abad Paul Couturier se convierte en el abogado de la «Semana universal para un Octavario de oración por la unidad de los cristianos sobre la base de una oración concebida por la unidad que Cristo quiere, por los medios que El quiera».

1958 «Unidad cristiana» El Centro «Unidad cristiana» de Lyon (Francia) comienza a preparar el tema para la semana de oración en colaboración con la Comisión «Fe y Constitución» del Consejo Ecuménico de las Iglesias.

1964 Pablo VI y Atenágoras I En Jerusalén el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras I recitan juntos la oración de Cristo «que todos sean uno» (Jn 17).

1964 El Concilio Vaticano II El Decreto sobre el ecumenismo del Concilio Vaticano II subraya que la oración es el alma del movimiento ecuménico, y anima a la práctica de la semana de oración.

1966 «Fe y Constitución» y el Secretariado para la Unidad La Comisión «Fe y Constitución» y el Secretariado para la Unidad de los Cristianos (actualmente Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos) de la Iglesia católica deciden preparar un texto para la Semana de oración de cada año.

Semana de oración por la unidad de los cristianos      Temas 1968-2002

Elaborados desde 1968 por la Comisión «Fe y Constitución» del Consejo Ecuménico de las Iglesias y por el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos.

1968 «Para alabanza de su gloria» (Ef 1,14)

1969 «Llamados a la libertad» (Gal 5,13) (Reunión preparatoria en Roma, Italia)

1970 «Somos colaboradores de Dios» (1 Cor 3,9) (Reunión preparatoria en el Monasterio de Niederaltaich, República Federal de Alemania)

1971 «... y la comunión del Espíritu Santo» (2 Cor 13,13) (Reunión preparatoria en Bari, Italia)

1972 «Os doy un mandamiento nuevo» (Jn 13,34) (Reunión preparatoria en Ginebra, Suiza)

1973 «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1) (Reunión preparatoria en la Abadía de Montserrat, España)

1974 «Que todos confiesen: Jesucristo es el Señor» (Flp 2,1-13) (Reunión preparatoria en Ginebra, Suiza. En abril de 1974 se dirigió una carta a las Iglesias miembros, así como a otras partes que estuvieran interesadas en crear grupos locales que pudiesen participar en la preparación del folleto de la Semana de Oración. El primero en comprometerse fue el grupo australiano, que en concreto preparó en 1975 el proyecto inicial del folleto de la Semana de Oración)

1975 «La voluntad del Padre: constituir a Cristo en cabeza de todas las cosas» (Ef 1,3-0) (Proyecto de texto elaborado por un grupo australiano. Reunión preparatoria en Ginebra, Suiza)

1976 «Ahora somos hijos de Dios» (1 Jn 3,2) (Proyecto de texto elaborado por la Conferencia de Iglesias del Caribe. Reunión preparatoria en Roma, Italia)

1977 «La esperanza no defrauda» (Rom 5,1-5) (Proyecto de testo elaborado en el Líbano, en plena guerra civil. Reunión preparatoria en Ginebra, Suiza)

1978 «Ya no sois extranjeros» (Ef 2,13-22) (Proyecto de texto elaborado por un grupo ecuménico de Manchester, Inglaterra)

1979 «Poneos unos al servicio de los otros para gloria de Dios» (1 Pe 4,7-11) (Proyecto de texto elaborado en Argentina. Reunión preparatoria en Ginebra, Suiza)

1980 «Venga a nosotros tu reino» (Mt 6,10) (Proyecto de texto elaborado por un grupo ecuménico de Berlín, República Democrática de Alemania. Reunión preparatoria en Milán, Italia)

1981 «Un solo Espíritu, distintos carismas, un solo cuerpo» (1 Cor 12, 3b-13) (Proyecto de texto elaborado por los Padres de Graymoor, USA. Reunión preparatoria en Ginebra, Suiza)

1982 «¡Qué amables son tus moradas, Señor!» (Sal 84) (Proyecto de texto elaborado en Kenia. Reunión preparatoria en Milán, Italia)

1983 «Jesucristo, vida del mundo» (1 Jn 1,1-4) (Proyecto de texto elaborado por un grupo ecuménico de Irlanda. Reunión preparatoria en Celigny-Bossey, Suiza)

1984 «Llamados a la unidad por la cruz de nuestro Señor» (1 Cor 2,2 y Col 1,20) (Reunión preparatoria en Venecia, Italia)

1985 «De la muerte a la vida con Cristo» (Ef 2,4-7) (Proyecto de texto elaborado en Jamaica. Reunión preparatoria en Grandchamp, Suiza)

1986 «Seréis mis testigos» (Hch 1,6-8) (Textos propuestos en Yugoslavia (Eslovenia). Reunión preparatoria en Yugoslavia)

1987 «Unidos en Cristo, una nueva creación» (2 Cor 5,17-6,4a) (Proyecto de texto elaborado en Inglaterra. Reunión preparatoria en Taizé, Francia)

1988 «El amor de Dios elimina el temor» (1 Jn 4,18) (Proyecto de texto elaborado en Italia. Reunión preparatoria en Pinerolo, Italia)

1989 «Edificar la comunidad: un solo cuerpo en Cristo» (Rom 12,5-6a) (Proyecto de texto elaborado en Canadá. Reunión preparatoria en Whaley, Bridge, Inglaterra)

1990 «Que todos sean uno, para que el mundo crea» (Jn 17) (Proyecto de texto elaborado en España. Reunión preparatoria en Madrid, España)

1991 «Alabad al Señor todas las naciones» (Sal 117; Rom 15,5-13) (Proyecto de texto elaborado en Alemania. Reunión preparatoria en Rotenburg an der Fulda, República Federal de Alemania)

1992 «Yo estoy con vosotros... por tanto, id» (Mt 28,16-20) (Proyecto de texto elaborado en Bélgica. Reunión preparatoria en Brujas, Bélgica)

1993 «Llevad los frutos del Espíritu para la unidad de los cristianos» (Gal 2,22-23) (Proyecto de texto elaborado en Zaire. Reunión preparatoria cerca de Zurich, Suiza)

1994 «La casa de Dios: llamados a tener un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32) (Proyecto de texto elaborado en Irlanda. Reunión preparatoria en Dublín, Irlanda)

1995 «Koinonía: comunión en Dios y entre nosotros» (Jn 15,1-17) (Reunión preparatoria en Bristol, Inglaterra)

1996 «Mira que estoy a la puerta y llamo» (Ap 3,14-22) (Proyecto de texto elaborado en Portugal. Reunión preparatoria en Lisboa, Portugal)

1997 «En nombre de Cristo... dejáos reconciliar con Dios» (2 Cor 5,20) (Proyecto de texto elaborado en Escandinavia. Reunión preparatoria en Estocolmo, Suecia)

1998 «El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rom 8,14-27) (Proyecto de texto elaborado en Francia. Reunión preparatoria en París, Francia)

1999 «Él habitará con ellos. Ellos serán su pueblo y el mismo Dios estará con ellos» (Ap 21,1-7) (Proyecto de texto elaborado en Malasia. Reunión preparatoria en el Monasterio de Bose, Italia)

2000 «Bendito sea Dios que nos ha bendecido en Cristo» (Ef 1,3-14( (Proyecto de texto elaborado por el Consejo de Iglesias del Medio Oriente. Reunión preparatoria en el Monasterio de La Verna, Italia)

2001 «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,1-6) (Proyecto de texto elaborado en Rumania. Reunión preparatoria en la «Casa de Odihna», Rumania)

2002 «En ti está la fuente de la vida» (Sal 36 [35], 10) (Proyecto de texto elaborado por el Consejo de Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) y la Conferencia de Iglesias de Europa (CEC). Reunión preparatoria en el Centro ecuménico de Ottmaring (Augsburgo, República Federal de Alemania)