Actualización

 

19-05-08

Principal

 

Todo SIBIU

 3 SAMBLEA ECUMENICA EUROPEA SIBIU

 

NOVEDADES

Fiesta

 Ecuménica Mayo 2008

 

Benedicto XVI

Juan Pablo II In Memoriam

In English

 

LA COMISIÓN

Viacrucis Trilingüe

VÍA CRUCIS 04

Semana de Oración por la Unidad 2008

TEMPLO ECUMÉNICO

SANTA SEDE

 CATÓLICOS ORIENTALES
 
Ecumene en Europa

ORACIONES

ORACIÓN Mujeres

Valencia

Ecuménica

PENTECOSTÉS  2003
 
    Noticias    Calendario

Artículos
DOCUMENTOS

IGLESIA-EUROPA

CorreosTel

Enlaces

 Iconos 

Otras Iglesias

en España 

Otras Religiones

Otras Diócesis

*FORMACIÓN

*encuentros

 

 

  

 

 

 

 

Diálogo Ecuménico en Javea (Valencia)

6-7 Octubre 2004

-------------------------------------------

La contribución Ecuménica al futuro de Europa

Obispo Esteban Escudero, Auxialir de Valencia

 

 

La contribución de las Iglesias al desarrollo

de los valores Espirituales y Humanos de Europa.

 

Obispo Estaban Escudero

Aportación de la Iglesia Católica - Valencia

 

            Es obvio, a una conciencia cristiana, querer contribuir al desarrollo de los valores Espirituales y Humanos.  No sólo cuando se ejerce el amor al prójimo, que procura su bienestar individual, sino cuando está en juego el conjunto de la sociedad, que es el contexto de vida en el que se mueve la gente. Como levadura en la masa, la fe cristiana tiende extender una buena noticia para todos. La Buena Noticia no es sólo el hecho de la Encarnación del Hijo de Dios, su doctrina, su muerte y resurrección, sino que es igualmente,  el fundamento que promueve una sociedad más justa, y con mayores garantías de protección de la dignidad de la persona.

 

            El Cristianismo lleva en su esencia una visión elevada del ser humano. Y porque la fe lleva en su entraña la justicia y la paz, es capaz de generar un cuerpo social con alma, con valores espirituales y humanos. Esta capacidad de ser sal de la tierra y luz de las gentes ha impulsado a la cultura europea entre otras. La fe no sólo reconoce que hay un mundo trascendente del que recibe nuevas luces y nuevos impulsos de vida digna, sino que cree igualmente que el mundo puede ser redimido de sus egoísmos, sus explotaciones, su violencia, y de sus injusticias. “Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo”. Una sal y una luz, en el mundo y para el mundo. Nuestra misión como cristianos, será pues, contribuir a que esa luz ilumine el mundo y lo redima del pecado.

 

            La misión es clara, como cristianos sabemos lo que debemos hacer. Nos desanima a veces no poder o no saber hacerlo. Sabemos que tenemos fuerzas desproporcionadas a la misión. Pero también sabemos que el Espíritu de Dios habita el corazón cristiano y el cuerpo de la Iglesia. En  Él esta nuestra fuerza, Él sostiene nuestro empeño.

 

            Antes de desarrollar nuevas consideraciones  permítase un primer análisis, sobre lo que cada cristiano puede y debe hacer como persona individual, y lo que debe hacer dentro de una comunidad de fe.

 

            En nuestro tiempo, las Iglesias en Europa se hallan ante la enorme responsabilidad de escrutar los signos de nuestro tiempo e interpretarlos a la luz del Evangelio. Es un primer paso para que los cristianos de nuestra generación, y las que vendrán después, puedan mantener su fidelidad al Evangelio, y promover, según él,  los valores sociales, humanos y culturales de la emergente historia de una nueva Europa.

           

a) El hombre y su cultura

 

            Desde el inicio del siglo pasado se tenía la conciencia de que Europa estaba experimentando un cambio cultural cada vez más acelerado y que este cambio afecta a las relaciones humanas y a los estilos de vida. Más aún la vida cristiana y las Iglesias en su conjunto sentían el impacto de un medio cultural que no se avenía con la vida cristiana. Este cambio tenía  la singularidad de afectar al conjunto de la población, también a todos los cristianos. En ello se diferencia este cambio de los precedentes que afectaban sólo a las minorías, que elaboraban y compartían nuevas ideas. El conjunto de la población se sentía parcialmente afectado por las corrientes de pensamiento, los estilos de vida y los sistemas políticos en vigor. El pueblo seguía sus tradiciones religiosas, culturales locales y familiares. Ni siquiera la maquinaria de propaganda empleada durante largo tiempo, por los sistemas socialistas de los países del Este Europeo, rompieron la tradición cristiana de sus pueblos.

            .

            Durante largos siglos la idea predominante sobre el ser humano, consideró que la persona era una realidad completa en si misma. Los grandes rasgos de la personalidad se forjaban bajo el influjo de su libertad de elegir entre el bien y el mal, entre un estilo de vida u otro. La relación con Dios Creador estaba definida por las tradiciones de la piedad popular. Dios era finalmente el referente de cualquier responsabilidad. La responsabilidad ante los demás nacía espontáneamente de la relación con Dios. Más aún, se tenía por supuesto que el ser humano como criatura de de Dios llevaba en su propia naturaleza la voz del Creador.

 

            La modernidad y la Ilustración cambiaron este paradigma dejando al ser humano sólo ante si mismo, solo ante los demás. Esta crisis de referencias externas ocupó el pensamiento filosófico y en gran parte el literario, pero no llegó a extenderse sobre el patrimonio cultural del pueblo. Aunque las ideas de la Ilustración rompieron con el paradigma de referencia a Dios. El pensamiento moderno más abstracto, que negaba su existencia práctica, circulaba como patrimonio de las minorías cultas y de la clase gobernante. El pueblo continuaba invocando a Dios que daba sentido a su realidad humana, y que sostenía los valores de la responsabilidad interpersonal y social. En concreto la tradición cristiana, seguía siendo fundamento de la religión, la ética y la moral. El proceso de convertirse en persona permanecía en las manos de la tradición familiar con sus prácticas cristianas.

 

            El análisis del proceso de personalización del ser humano, ha dejado patente que se aprende a ser persona en los espacios de comunicación que el ser humano descubre desde su nacimiento. Hoy tenemos mayor conciencia  de que las bases de la personalidad como tal, son producto más de la cultura que de la natura. Sabemos que la tradición familiar se puede debilitar. En otro tiempo natura y cultura casi se identificaban en la institución familiar.

 

            Se aprende a ser hombre aunque se nace hombre. El conjunto de aprendizajes y comunicaciones que acompañan a la vida humana definen los estilos de vida, las creencias, los valores, las capacidades de comunicación y finalmente el perfil distinto de cada persona: la del creyente, del agnóstico, o del indiferente. En cuanto la fe cristiana pertenece a la esfera de lo aprendido, es un hecho cultural. Y en nuestros días los hechos culturales han experimentado una notable transformación.

 

            De este modo se comprende que el cristiano no nace sino que se hace. Se comprende igualmente que el cristiano se hace por la comunicación cristiana. Y esto vale incluso desde el punto de vista teológico puesto que Dios al comunicarse nos hace hijos. Somos engendrados por la Palabra de Dios. Por la palabra cristiana se desarrolla el conocimiento de la fe y finalmente aprendemos la comunicación y la comunión en una comunidad cristiana, no sea más que la comunidad  inicial y básica de la familia, que bien puede considerarse  iglesia en pequeño.

 

            De estas reflexiones podemos comprender que el ser humano es siempre hijo de una cultura – amplia o restringida - cuya “dynamis” principal es la comunicación. El hombre y su cultura no son realidades separadas sino que forman el núcleo central de la personalidad. Por ello no es correcto separar lo que está unido. Tampoco podemos separar de los procesos comunicativos, la capacidad de los cristianos para promover valores espirituales y humanos . Si no comunicamos lo que somos y tenemos en los espacios culturales en los que nos movemos no engendramos cultura cristiana. Nuestro gran problemas es que los espacios comunicativos han alcanzado en nuestros días una globalidad sin prececentes.

 

           

b) Mantener la vida cristiana

 

            El primer reto de nuestros tiempos es mantener la cultura cristiana. No será posible comunicar lo que no tenemos. Por ello es preciso una personalización mayor de la fe y un empeño mayor en comunicarla. Sólo manteniendo espacios de cultura cristiana abiertos al exterior, se puede participar en el desarrollo de los valores espirituales y humanos de Europa. Ahora bien, asistimos en nuestros días a una quiebra de la transmisión cultural, a la vez que a una globalización de la cultura.

 

            Podemos decir que la quiebra de la comunicación cultural es lo mismo que la quiebra de la “tradición cultural” y finalmente la quiebra de la fe. Cada generación entrega a la siguiente su cultura y cada generación cristiana entrega a la siguiente su cristianismo.  Pero Europa hace un tiempo asiste a la quiebra de las tradiciones culturales incluida la tradición religiosa.

 

            En Europa el espacio de comunicación entre padres e hijos se ha restringido en muchos aspectos. La escolarización extra-temprana y el trabajo de los padres fuera del hogar, ha reducido el espacio de comunicación con los hijos. Muchos de los espacios comunicativos por los que circulaba la tradición, han sido sustituidos por la comunicación de masas. Los hijos finalmente se sienten cada vez más alejados de los padres. Las prácticas de comunicación cristiana familiar son cada vez más débiles incluso inexistentes. Sea dicho de paso, los medios de comunicación de masas sustitutivos de la comunicación familiar, son una industria que solo aspira a ampliar el número de consumidores.

 

            Ante esta situación es evidente la pregunta ¿Cómo mantener la tradición cristiana? Sólo es posible avanzar una respuesta inicial: recuperar la comunicación en la comunidad cristiana familiar, educativa, y eclesial.

 

            Finalmente debemos considerar que nos hallamos ante el inmenso poder creador de cultura que son las comunicaciones de masas. Los cristianos y las Iglesias deben estar especialmente atentos a este fenómeno. No basta repetir la cultura tradicional, porque sólo es un pequeño árbol en el bosque de las comunicaciones. No basta contabilizar la asistencia a nuestra liturgia, ni la frecuencia de los sacramentos. La pregunta clave está en las nuevas generaciones, porque si en ellas se rompe la tradición cristiana, se rompen también sus valores originales y seremos responsables del declive ineludible de la fe.

 

c) La dificultad de la desunión

 

            Cuando los círculos de la comunicación eran restringidos cada una de las tradiciones cristianas europeas podía autoabastecerse y mantenerse en sus tradiciones locales o nacionales. La unión de Europa ha creado un nuevo espacio comunicativo. Los valores que circulan en este espacio de comunicación serán indefectiblemente los futuros valores de Europa.

 

            El espíritu cristiano es comunicativo, pero se halla casi ausente de las comunicaciones culturales europeas. Cuando los canales de la comunicación se amplían en la Unión, despliegan su un gran potencial nivelador. Las Iglesias no pueden seguir sin afrontar proyectos comunicativos comunes. La desunión es un factor añadido en la ausencia de las Iglesias en el proceso de  nivelación de las identidades nacionales (Constitución Europea – Canales internacionales de comunicación por satélite). Este es un hecho nuevo que afecta a las Iglesias a menos que exista mayor capacidad de creación y actuación conjunta. No existen o son muy precarios, los medios de comunicación propios para una presencia significativa de los valores cristianos. No es esperable que en el próximo futuro cambien las cosas mientras sigan las divergencias o incluso temores en la colaboración entre las Iglesias.

 

            No cabe duda que para los medios de comunicación de masas solo importan los consumidores, para los que se busca captar su atención a toda costa. Tampoco les importa molestar los sentimientos cristianos de la población cuando suponen un número significativo de personas consumidores cuantitativa o cualitativamente relevantes. Puestos a imaginar algo nuevo, cabría pensar en una actuación significativa de las Iglesias en Europa, con la creación de una agencia de defensa del consumidor cristiano,  pero su condición fundamental debería ser su carácter ecuménico. Todavía esto sería un mecanismo de defensa.

 

            Además es obvio que las Iglesias en Europa tendrían que cuidar más la crítica cultural  favoreciendo los análisis de todo aquello que puede ser presentado en el foro de la cultura a favor o en contra de la humanización de los valores de Europa.  Puestos a imaginar también sería necesario crear un Lobby ecuménico de promoción de los valores cristianos, entre artistas pensadores y humanistas cristianos que ahora se encuentran sin misión por parte de las comunidades cristianas.

 

            Pero todas estas imaginaciones no pueden prosperar si las comunidades cristianas no tienen formación y clara conciencia de su misión. Debemos reconocer que nuestras comunidades o congregaciones están muy debilitadas. Por desgracia su debilidad  es también de pensamiento y casi nadie en ellas se siente vocacionado a comprometer su bienestar en favor del futuro cristiano de Europa. También aquí sería necesario promover una misión ecuménica. Hay que reconocer que necesitamos superar nuestras singularidades e incluso desconfianzas para implicarnos en un proyecto común. Un general inglés motivaba a las tropas con una frase que nos deberíamos aplicar: “avancemos unidos o nos ahorcarán por separado”

 

            Es evidente que la cultura no sólo se nutre del pensamiento sino de la estética. Pero su capacidad de incidir en la cultura global europea, depende de la presencia o ausencia de cristianos en los ámbitos del conocimiento y el arte en el que se crean la sensibilidad  de futuro. El arte en todas sus manifestaciones parece que se aleja de la visión cristiana de la vida. Después de siglos de colaboración, el arte ha emprendido caminos divergentes del camino de la fe. Para afrontar este reto también es necesaria la colaboración ecuménica.

 

            El año 2002 tuvo lugar en Valencia un encuentro ecuménico de artistas. Muchos de ellos tenían la sensación de volver a un hogar de trascendencia al que apunta la creación artística.. Para mucha gente honrada, que cultiva el pensamiento y el arte, las Iglesias son todavía un espacio de libertad y transparencia. Tales encuentros ecuménicos deberían recorrer todos los ámbitos de la cultura y hacerse presente en los medios de comunicación.

 

            Por otro lado las Iglesias, que nunca se han apartado de la cultura, hoy casi no se hallan presentes en los círculos culturales ni en los eventos que difunden hechos de interés para el consumidor de Medios. Por desgracia los eventos ecuménicos son escasos y en parte casi reducido a sus dirigentes. Más escasos aún si se trata de encuentros bajo el signo de la cultura en todas sus manifestaciones.

 

            El hombre del siglo XXI ya no tiene el escenario doméstico como punto de referencia sino el escenario público. Pueden ser positivas las declaraciones de los responsables religiosos sobre asuntos que afectan a la humanización de la cultura. El problema está en que tales declaraciones suenan externas a la cultura ambiente, son traducidas como actos de poder de jerarcas que no tienen poder. En este sentido sería necesario promover declaraciones ecuménicas en las que los laicos estuvieran significativamente implicados. Estos laicos deberían ser personas relevantes en su mundo artístico, de pensamiento o profesional. Cada iglesia por separado y aislada en un territorio no sería suficiente.

 

            Lo dicho puede sonar a una presencia  externa de las Iglesias. Pero la cultura de nuestro tiempo ha perdido su carácter dialógico en beneficio de los sistemas de poder políticos o económicos. Es evidente que en los diálogos parlamentarios no se intenta convencer sino vencer. Es más fuerte la dialéctica que el razonamiento. Y la Iglesia vive en este mundo donde todo queda globalizado y la población se mueve más por convicciones que por razones, más por intereses que por solidaridades. El cristianismo no debe asimilarse a los poderes de este mundo pero debe conocer cómo se mueve el mundo y en que forma es capaz de promover y desarrollar los valores espirituales y humanos de la nueva cultura.

 

d) La religión invisible

 

            La esfera política ha promovido la marginación pública de las Iglesias. Se usa de la visibilidad cristiana para ceremonias y acompañamiento de actos solo relevantes como espectáculo. Sus participantes sólo son acompañantes de un ceremonial sin que la fe toque sus vidas. La Iglesia se presta a ello porque en definitiva nunca pierde la esperanza de que puede despertar la fe dormida.

 

            La visibilidad de templos y catedrales no pocas veces adquieren el carácter de museos de expresión de una cultura arcaica. A ello contribuye la escasa formación religiosa de los visitantes y la más escasa que tienen las jóvenes generaciones. Algunos intentos de llenar de vida, los templos llenos de arte cristiano, apuntan en esta dirección como en el Catedral de Lübeck o las modernas exposiciones de la Luz de las Imágenes en las diócesis Valencianas. Tal vez están todavía poco explotadas las posibilidades de la animación virtual, de forma que se muestre la relación de la arquitectura y el arte fruto de la experiencia secular cristiana y de su capacidad humanizadora.

 

            Es un hecho que un determinado país europeo ha llegado a imponer una formulación laica de la constitución europea. Pero el hecho no sería significativo si no estuviera latente el propósito de que ser cristiano debe ser una cuestión privada sin relevancia social, cultural o política. En la situación presente es ucrónico aspirar a los reconocimientos públicos o a las tutelas de los Gobiernos. Pero no es ingenuo pensar que la dinámica de las leyes positivas consiste en dejar sin existencia lo que no tiene un reconocimiento legal. La difícil relación que siempre han tenido las comunidades cristianas con los gobiernos muestra la necesidad de la independencia. Ahora bien, en ocasiones no ha sido promovida por un espíritu de tolerancia sino el efecto de la tendencia del Estado moderno a que ninguna realidad social escape a su control e intervención omnímoda.

 

            La cultura política europea todavía no se ha liberado de la necesidad de respeto a las instituciones sociales. Existe aún la idea de que el Estado es garante de la igualdad por nivelación de las diferencias. El pluralismo no deja de ser una bella palabra para contrarrestar el totalitarismo, y la dinámica de la sociedad “administrada” por los gobiernos deja cada vez menos margen a la pluralidad. Cuando la Iglesia se resiste a leyes que no favorecen la solidaridad social y  el respeto cultural, se tiende a calificarla de fundamentalista o de pretender imponer a todos sus propias convicciones.

 

            Todo ello promueve la llamada “religión invisible”  cuya traducción en los hechos es la “religión socialmente ausente”. De esta forma resulta cada vez más difícil la capacidad de promover en Europa los valores espirituales y humanos que prenden las Iglesias.

 

e) Una visión de futuro

 

            La Iglesia cree en la esperanza y por ello cree en el futuro. Es desde esta convicción, que le inspira el Espíritu de Jesucristo, y la fe en el resucitado. Por ello es necesario ver cual debe ser la misión de las Iglesias en el contexto de la nueva Europa.

 

Consolidar la fe de los creyentes

 

            De cara al futuro,  la gran cuestión que se plantea a la responsabilidad cristiana, es cómo fortalecer de la fe los creyentes. Siempre han existido personas con una fe poco consistente, una relación con Dios débil, una participación en las comunidades cristianas ocasional y a veces periférica. Pero en la actualidad tales personas corren el riesgo de un alejamiento que puede calificarse de ruptura. Las comunicaciones de masas están dejando aislados a los individuos y con escasa capacidad de reacción. La cultura ambiente justifica incluso romper agresivamente con la tradición cristiana. La difusión de ciertos escándalos y la agresividad de aquellos que se sienten “incomprendidos” por la cultura cristiana tienen como efecto esta ruptura.

 

            Las Iglesias tendrán que empeñarse en la autenticidad de lo cristiano. En que la fe no solo es razonable. Sobre ella ha de saber dar razón todo cristiano, ha de saber comunicar el valor humanizador que posee. Esto no debe reducirse a palabras sino al testimonio real de la vida de los cristianos. Ha de ser para todo cristiano una consecuencia obvia de su fe. Para ello es necesaria una formación en la vida cristiana, y en la doctrina, y en las formas comunicativas que pueden dar razón de su vida.

 

Las comunidades cristianas,  espacios comunicativos.

 

            Ante la falta de techo cultural que cobije la fe, es necesario fortalecer las comunidades cristianas e intensificar sus espacios de comunicación. Es obvio que la comunicación y al relación entre cristianos puede superar la “disonancia cognitiva” que nivela la cultura. En este sentido habrá que promover el sentido y la práctica de pertenencia a una “familia cristiana”. Entiéndase por familia a quienes participan en una comunidad de creyentes cristianos.

 

            Dentro de esa comunidad creyente, tienen un papel fundamental las familias cristianas con clara conciencia de comunicar la fe a sus hijos, el contacto con la palabra de Dios, la oración. Para ello no basta con una voluntad general de educar a los hijos como cristianos sino que se precisan prácticas familiares concretas de forma que los padres no sólo sepan lo que hay que hacer, sino cómo lo han de llevar a la práctica.

 

            No basta con que una comunidad eclesial se reúna para oír la palabra de Dios o participar en la liturgia.  Es necesario ampliar los espacios de relación a fin de no llamar comunidad a lo que sólo es un encuentro eventual por motivos de culto.

 

La unidad de los cristianos

 

            Resulta urgente en la Europa Unida, que las Iglesias promuevan la unidad de los cristianos. Esta unidad debería desarrollarse en las prácticas sociales y culturales sin esperar a que los asuntos teológicos se hallen resueltos. La Carta Ecuménica Europea es un punto de referencia para proyectos y realizaciones conjuntas. Es contraproducente en esta situación marcar las diferencias. Además los poderes políticos se interesan en mostrar que los cristianos somos un género de fe dividida. 

 

Fortalecer una espiritualidad de presencia y comunión.

 

            La espiritualidad considerada como forma con que se expresa la fe en la propia conciencia debería favorecer, el sentido de estar presentes en la vida social y cultural.  Cuando dicha espiritualidad está arraigada se busca la colaboración y las formas más adecuadas de presencia en el mundo de la cultura.

 

            Por último la comunión en el sentido más extenso y amplio de la palabra debe abarcar no solo la comunión en la fe sino  la solicitud de hacer llegar la fe cristiana al mundo que viene.

 

 

Valencia Septiembre 2004

 

-----> Atrás