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DECLARACIÓN ECUMÉNICA

DE PAZ

Pentecostés 2002

 

 

            Por la fe en Jesucristo podemos afirmar que  Dios es Padre, Creador de todas las cosas y origen universal del amor y de la Paz. Cristo nos enseñó y nos entregó, su amor que es el fundamento de reconciliación y de la Paz. Con la fuerza de ese amor nos atrevemos a declarar que no existen razones para la violencia y la enemistad. El cristiano que mira al  futuro sólo puede tener razones para el perdón y la paz.

 

            En el inicio del Tercer Milenio no sólo deseamos hacer una declaración de esperanza en el futuro de la Humanidad,  sino declarar que el mundo cristiano debe ofrecer a todos su contribución sincera y leal, para que cese la violencia en cualquiera de sus formas y en cualquier parte del mundo.

 

Renunciamos a todo juego de palabras que diga paz, paz..  pero que esconda la violencia y la guerra. Sabemos que la paz exige transparencia en las conciencias y  remover las injusticias,  hoy  demasiado grandes y evidentes. Declarar la paz debe significar el compromiso por la justicia. y el respeto a la dignidad humana.

 

No es posible la paz cuando las riquezas naturales del mundo sirven al bienestar de pocos y los más pobres siguen pasando hambre. La paz no será posible sin la solidaridad entre los pueblos. No será posible la paz mientras los gobiernos de las naciones no trabajen decididamente por la justicia. La paz depende demasiado de los poderes del Estado y el Mercado. No es posible la paz mientras los gobernantes no renuncien con claridad al afán del uso del poder para el enriquecimiento personal sin que el bien común sea un objetivo primordial. No son admisibles gobernantes que se enriquecen sin medida mientras la población se halla sumida en la miseria.  Mientras las decisiones para inmundo solidario estén en manos insolidarias no será posible la paz.

 

Declaramos que para la paz del mundo es necesaria la justicia internacional no sólo para juzgar los crímenes contra la Humanidad sino para la protección de las relaciones económicas, sociales y morales que permitan garantizar la justicia global dentro de cada una de las naciones y en el orden internacional.

 

La paz no puede ser solo la bella palabra que brota del corazón para ser manipulada por las agencias del poder en los foros de los medios de comunicación o en los debates de la política nacional o internacional. La paz debe ser dicha y declarada en todos los ámbitos en los que se promueve la verdad y la justicia entre todos los hombre y mujeres de buena voluntad.

 

La paz debe ser investigada en los proyectos de bienestar que proponen los políticos cuando se dirigen a la gente solicitando el apoyo en las democracias. Debe ser denunciada en las relaciones internacionales que no se basan en la justicia y la equidad. Debe ser invocada en todos los ámbitos.  religiosos que buscan a Dios con sincero corazón. Debe ser promovida por todos los cristianos que han recibido de Jesucristo el don de la Paz.

 

Para el creyente no existen guerras de religión sino proyectos de paz. No existe justificación de la violencia sino empeño de perdón y de justicia.  Nada puede justificar la destrucción y la guerra. Todo ser humano tiene derecho a ser oído  y respetado. Nadie puede pervertir el diálogo y usarlo como estrategia para la conseguir objetivos que no respeten la diferencia. Tampoco  es posible dialogar bajo el chantaje de amenazas de violencia.

 

Declaramos que la paz es posible cuando se cree que el hombre, ante todo es hijo de Dios, no producto del azar o a necesidad. Sobre ese fundamento se manifiesta la dignidad humana y sus exigencias de justicia y de paz entre todos los hombres. Con la muerte de Cristo ya no hay en el mundo lugar para la venganza. Sin el ejercicio del perdón, la violencia engendra nuevas violencias. Los pueblos que no perdonan nunca podrán vivir en paz. El resentimiento no puede engendrar la paz.

 

En la fiesta de Pentecostés los cristianos celebramos que Dios ha derramado sobre los hombres el espíritu de la reconciliación y de la paz. El Espíritu de Dios ha creado una Humanidad nueva que invoca a Dios Padre de todos los hombres. Nadie que invoca a Dios Padre puede violentar a sus hermanos. La Palabra de Dios se ha hecho hombre y es una palabra de paz.

 

Sabemos que obrar la paz supera  nuestras fuerzas porque además hay una paz que este mundo no puede dar,  por ello invocamos al Espíritu de Dios para que nos haga instrumentos de su paz.

 

 

Los representantes de la Iglesia Católica, Anglicana, Luterana y Ortodoxa Rumana en la Archidiócesis de Valencia.

Vicente J. Sastre, Eric Lewis, Fritz Delp, Daniel Toadere.                 

Pentecostés 2002