Intervención del patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, en la tarde del sábado 18 de octubre al intervenir ante el Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios en una celebración de las Vísperas que tuvo lugar en la Capilla Sixtina,
* * *
Su Santidad,
Padres Sinodales
Es al mismo tiempo con humildad e inspiración haber sido
amablemente invitado por Su Santidad a dirigir, con mis mejores
auspicios, a esta XII Asamblea General Ordinaria Sínodo de
Obispos, un encuentro histórico de los Obispos de la Iglesia
Católica Romana de todo el mundo, reunidos en este lugar para
meditar sobre la "Palabra de Dios" y discutir sobre la
experiencia y la expresión de esta Palabra "en la vida y en la
misión de la Iglesia".
Esta gentil invitación de Su Santidad hacia quienes modestamente
os hablamos, es un gesto lleno de significado e importancia -oso
deciros, un evento histórico importantísimo. Es la primera vez
en la historia que se le ofrece a un Patriarca Ecuménico la
oportunidad de dirigirse a un Sínodo de Obispos de la Iglesia
Católica Romana y, por eso, ser parte de la vida de su Iglesia
hermana al más alto nivel. Vemos esto como una manifestación de
la obra del Espíritu Santo que guía nuestras Iglesias para que
se aproximen y profundicen sus relaciones respectivamente, un
paso importante hacia la restauración de nuestra plena unidad.
Es bien sabido que la Iglesia Ortodoxa atribuye al sistema
sinodal una importancia eclesiológica fundamental. Conjuntamente
al primado de la "sinodalidad" constituye la columna vertebral
del gobierno y organización de la Iglesia. Como nuestra Comisión
internacional para la Unidad del Diálogo Teológico entre
nuestras iglesias ha expresado en el documento de Ravena, esta
interdependencia entre la entre el primado de la "sinodalidad"
incumbe todos los niveles de la Iglesia: local, regional y
universal. Por esto, al tener el día de hoy el privilegio de
dirigirnos a Vuestro Sínodo, nuestras esperanzas crecen para que
llegue el día en el que ambas Iglesias converjan totalmente
sobre el papel de dicho primado y de la "sinodalidad" en la vida
de la Iglesia, para lo cual nuestra Comisión teológica dedica
hoy sus estudios.
El tema al que este Sínodo de los Obispos dedica sus trabajos
tiene importancia crucial, no sólo para la Iglesia Católica
Romana sino para todos aquellos que están llamados a testimoniar
a Cristo en nuestro tiempo. Misión y evangelización siguen
siendo un deber permanente de la Iglesia de todos los tiempos y
lugares, de hecho éstas forman parte de la naturaleza de la
Iglesia, desde que se le llama "Apostólica", en el sentido de su
fidelidad a la enseñanza original de los apóstoles y, por ello,
a la proclamación de la Palabra de Dios, en todos los tiempos y
en todo contexto cultural. La Iglesia necesita, por esto, volver
a descubrir la Palabra de Dios en cada generación y lo hace con
un renovado vigor y persuasión también en nuestro mundo
contemporáneo, y en el profundo de en nuestros corazones tiene
sed del mensaje de paz, esperanza y caridad de Dios.
Este servicio para evangelizar debería, en efecto, mejorar y
reforzarse ampliamente, si todos los cristianos tuvieran en la
capacidad de realizarlo con una sola voz y como una Iglesia
unida. En esta oración al hijo del Padre antes de Su pasión,
nuestro Señor ha dejado bien claro que la unidad de la Iglesia
es indestructible a su misión "que ellos sean uno en nosotros"
(Jn 17, 21). Es por esto más adecuado que el Sínodo abra sus
puertas a los delegados de la fraternidad ecuménica para que
todos seamos conscientes de nuestra común servicio para
evangelizar, así como conocer las dificultades y problemas en su
ejecución en nuestro mundo actual.
Indudablemente este Sínodo ha estudiado el tema de la Palabra de
Dios en profundidad y en sus aspectos tanto teológicos como
prácticos y pastorales. En nuestro modesto discurso, quisiera
limitarlo a nosotros mismos para compartir con vosotros algunos
pensamientos sobre el tema de este evento, delineando el modo
como la tradición ortodoxa lo ha enfocado a lo largo de siglos
y, en particular, siguiendo la enseñanza patrística. Quisiéramos
concentrarnos, más concretamente, en tres aspectos de este tema:
la escucha y la proclamación de la Palabra de Dios de las
Sagradas Escrituras, la visión de la Palabra de Dios en la
naturaleza y por encima de la belleza de los iconos y,
finalmente, compartirla en relación con la Palabra de Dios en
comunión con los santos y vida sacramental de la Iglesia.
Pensamos que todo esto es crucial para la vida y la misión de la
Iglesia.
Para conseguirlo, hacemos uso de la rica tradición patrística,
elaborada al principio del tercer siglo y exponemos la doctrina
de los cinco sentidos espirituales. Para escuchar de la Palabra
de Dios, contemplar la Palabra de Dios, tocar la Palabra de Dios
que son modos espirituales de percibir el único misterio divino.
En base a los Proverbios 2, 5 sobre la "divina facultad de la
percepción (aἵsqhsiϚ), Origen de Alejandría, afirmó: los
sentidos revelan como miradas para contemplar las formas
inmateriales, escucha para discernir las voces, gusto para
saborear el pan viviente, olfato para gustar la fragancia
espiritual, y tacto para palpar la Palabra de Dios que es
aprovechada por cada facultad de nuestra alma.
Los sentidos espirituales se describen de varias maneras como
los "cinco sentidos del alma", lo "divino" o las "facultades
interiores", así también las "facultades del corazón" o de la
"mente". Esta doctrina inspiró la teología de los Capadocios
(especialmente la de Basilio el Grande y Gregorio de Nisa), así
como lo hicieron para la teología los Padres del Desierto
(especialmente Evagrio de Ponto y Macario el Grande).
1. La escucha y la proclamación de la Palabra de Dios de las
Sagradas Escrituras
En cada celebración de la Divina liturgia de san Juan
Crisóstomo, el celebrante que preside la Eucaristía reza
"podríamos haber sido hechos dignamente para escuchar el
Espíritu santo". Para "oír, ver y tocar la Palabra de vida" (1
Jn 1, 1) no son ni los primeros, ni es el primer lugar para
nuestros títulos o herencia como seres humanos, más bien, son
nuestros privilegios y el don como criaturas del Dios viviente.
La Iglesia católica es, por encima de todo, una Iglesia bíblica.
Aunque los métodos de interpretación puedan haber variado de un
Padre de la Iglesia a otro, de "escuela" a "escuela" y del este
al oeste; la Escritura siempre ha sido acogida como realidad
viviente y jamás como libro muerto.
Por lo tanto, en el contexto de la fe viviente la Escritura es
el testimonio vivo de la historia vivida de la relación del Dios
viviente con los pueblos vivientes. La Palabra "quien habló con
los profetas " (Credo niceno-constantinopolitano), se dice para
ser escuchada y tener efecto. Es, antes que nada, una
comunicación oral y directa planeada para los seres humanos. El
texto escrito es, por lo tanto, derivado y secundario y sirve
siempre al lenguaje hablado. No se transmite mecánicamente, sino
que es comunicado de generación en generación como un mundo
viviente. A través del profeta Isaías, el Señor había prometido:
"Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven
allá, sino que empapan la tierra... Así será mi palabra, la que
salga de mi boca [...] y haya cumplido aquello a que la envié"
(55, 10-11).
Además, como san Juan Crisóstomo explica, la Palabra divina demuestra profunda consideración de la diversidad personal y contextos culturales de quienes escuchan y acogen. La adecuación de la Palabra a la específica realidad personal y al contexto cultural particular define la dimensión misionera de la Iglesia, que es llamada a transformar la simple palabra a través de la Palabra. En el silencio como en una declaración o en la oración como en la acción, la Palabra divina se orienta al mundo entero, "haced discípulos a todas las gentes" (Mt 28, 19) sin privilegio ni prejuicio de raza, cultura, género y clase. Cuando tratamos de llevar a cabo la misión divina, estamos confiados porque "Yo estoy con vosotros todos los días" (Mt 28, 20). Estamos llamados a proclamar la Palabra divina en todas las lenguas, "Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos" (1 Cor 9, 22).
Como discípulos de la Palabra de Dios, por esto, hoy en día es
más que nunca necesario que ofrezcamos una única perspectiva -
más allá de lo social, político y económico - en la medida de la
necesidad de erradicar la pobreza, proporcionar equilibrio en el
mundo global, combatir el fundamentalismo y el racismo, y
desarrollar la tolerancia religiosa en el mundo de conflicto.
Como respuesta a las necesidades de pobreza del mundo, frágil y
marginado, la Iglesia puede probar a generar una digno
distintivo del espacio y del carácter de la comunidad global.
Mientras que el lenguaje teológico de la religión y la
espiritualidad difiera del vocabulario técnico de la economía y
de la política, las barreras que, en una primera instancia,
aparecen separar los asuntos religiosos (tales como el pecado,
la salvación y la espiritualidad) del interés pragmático (tales
como el comercio, el intercambio y la política) no sean
impenetrables, no se quebrarán los múltiples desafíos de la
justicia social y de la globalización.
Sea que hayamos tratado sobre el ambiente y la paz, la pobreza y
el hambre, la educación y la salud, actualmente aumenta un
marcado sentido de la preocupación general y de responsabilidad
común, que es percibida como una fuerza de la gente que tiene
fe, tanto como entre quienes tienen una mirada expresamente
secular. De ninguna manera. nuestro compromiso con estos asuntos
socaba o suprime las diferencias existentes entre las varias
disciplinas o está en desacuerdo con quienes ven el mundo de
diferente manera. A pesar de esto, hoy se favorece una
responsabilidad creciente y común para conseguir el bienestar de
la humanidad. Es un encuentro entre individuos e instituciones
que actúa como una buena señal para el mundo. Es un compromiso
que destaca la suprema vocación y misión de los discípulos y
seguidores de la Palabra de Dios que trasciende las diferencias
políticas y religiosas para transformar el entero mundo visible
para la gloria del Dios invisible.
2. Ver la Palabra de Dios - La belleza de los iconos y de la
naturaleza
En ninguna otra parte lo invisible se hace más visible que en la
belleza de la iconografía y en la maravilla de la creación. En
las palabras del defensor de las imágenes sagradas, San Juan
Damasceno: "En cuanto creador del cielo y la tierra, Dios, la
Palabra, fue el primero que pintó y retrató los iconos". Cada
pincelada del pincel de un iconógrafo - como cada palabra de una
definición teológica, cada nota musical cantada en salmodia y
cada piedra esculpida de una diminuta capilla o de una magnífica
catedral - articula la divina Palabra en la creación, que alaba
a Dios en cada ser y en cada cosa que vive (cfr. Sal 150,6).
Cuando afirmó las imágenes sagradas, el Séptimo Concilio
Ecuménico de Nicea no se estaba ocupando del arte religioso;
estaba continuando y confirmando las primeras definiciones sobre
la plenitud de la humanidad de la Palabra de Dios. Los iconos
nos recuerdan visiblemente nuestra vocación divina; nos invitan
a elevarnos más allá de nuestras triviales preocupaciones e
ínfimas reducciones del mundo. Nos alienta a buscar lo
extraordinario en lo realmente ordinario, a estar llenos del
mismo asombro que caracterizó la maravilla divina en el Génesis:
"Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien" (Gn 1,
31). La palabra griega para decir "bondad" es kallòs, que
implica -etimológica y simbólicamente- un sentido de "llamada".
Los iconos subrayan la misión fundamental de la Iglesia de
reconocer que todas las personas y todas las cosas son creadas
para ser, y están llamadas a ser, "buenas" y "bellas".
En efecto, los iconos nos recuerdan otro modo de ver las cosas,
otro modo de experimentar realidades, otro modo de resolver
conflictos. Estamos llamados a asumir lo que la himnología del
domingo de Pascua llama "otro modo de vida", puesto que nos
hemos comportado de manera arrogante y desdeñosa con la
creación. Hemos rehusado contemplar la Palabra de Dios en los
océanos de nuestro planeta, en los árboles de nuestros
continentes y en los animales de nuestra tierra. Hemos renegado
de nuestra verdadera naturaleza, que nos invita a rebajarnos lo
suficiente para escuchar la Palabra de Dios en la creación, si
deseamos ser "partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1,4).
¿Cómo ignorar las amplias implicaciones de la Palabra divina
hecha carne? ¿Por qué no logramos percibir la naturaleza creada
como la extensión del Cuerpo de Cristo?
Los teólogos cristianos de Oriente siempre resaltaban las
proporciones cósmicas de la encarnación divina. La Palabra
encarnada es intrínseca a la creación, que vino a la vida a
través de las palabras divinas. San Máximo el Confesor insiste
en la presencia de la Palabra de Dios en todas las cosas (cfr.
Col 3,11); el Logos divino está en el centro del mundo,
revelando misteriosamente su principio original y su finalidad
última (cfr. 1 P 1,20). Éste es el misterio que describe san
Atanasio de Alejandría: el Logos (escribe) no está contenido en
ninguna cosa y, sin embargo, contiene cada cosa; está en cada
cosa pero fuera de cada cosa... el primogénito de todo el mundo
en cada uno de sus aspectos.
El mundo entero es un prólogo al Evangelio de San Juan. Y cuando
la Iglesia no reconoce las dimensiones más vastas, cósmicas, de
la Palabra de Dios, restringiendo sus preocupaciones a problemas
puramente espirituales, desatiende su misión de implorar a Dios
para que transforme -siempre y en todo lugar, "en todas partes
en Su dominio"- el entero cosmos contaminado. No hay que
maravillarse si el Domingo de Pascua, cuando la celebración
pascual alcanza su culmen, los cristianos ortodoxos cantan:
ahora cada cosa se llena de luz divina: el cielo y la tierra, y
todas las cosas bajo la tierra. Regocíjese toda la creación.
Toda genuina "ecología profunda" está, por consiguiente,
inextricablemente unida a la teología profunda: Incluso una
piedra, escribe Basilio el Grande, lleva la huella de la Palabra
de Dios. Ésta es la verdad de una hormiga, de una abeja y de un
mosquito, las más pequeñas de las criaturas. Pues Él se extiende
en los amplios cielos y yace en los inmensos mares; y Él creó el
minúsculo hueco del aguijón de la abeja.
Recordar nuestra pequeñez en la vasta y maravillosa creación de
Dios subraya únicamente nuestro papel central en el designio de
Dios para la salvación del mundo entero.
3. Tocar y compartir la Palabra de Dios - La comunión de los
santos y los sacramentos de la vida
La Palabra de Dios se "mueve hacia fuera de sí misma en éxtasis"
(Dionisio el Areopagita) de modo persistente, buscando
apasionadamente "poner su Morada entre nosotros" (Jn 1,14), que
el mundo pueda tener vida en abundancia (Jn 10,10). La
misericordia compasiva de Dios es derramada y compartida "para
que multiplique los objetos de Su beneficencia" (Gregorio el
Teólogo). Dios asume todo lo que es nuestro, "ha sido probado en
todo como nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4,15), para
ofrecernos todo lo que es de Dios y convertirnos en dioses por
la gracia. "Siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de
enriqueceros con su pobreza", escribe el gran Apóstol Pablo (2
Co 8,9), al cual tan acertadamente está dedicado este año. Esto
es la Palabra de Dios; le debemos gratitud y gloria.
La Palabra de Dios recibe su total encarnación en la creación,
sobre todo en el Sacramento de la Santa Eucaristía. En ella la
Palabra de Dios se hace carne y nos permite, ya no simplemente
oírle o verle, sino tocarle con nuestras propias manos, como
declara san Juan (1 Jn 1,1), y nos hace partícipes de su propio
cuerpo y sangre en palabras de san Juan Crisóstomo. En la
Sagrada Eucaristía oímos la Palabra y al mismo tiempo la vemos y
compartimos. No es una casualidad que en los primeros documentos
eucarísticos, como el libro de la Revelación y la Didaché, la
Eucaristía fuera asociada a la profecía, y los obispos que la
presidían eran vistos como los sucesores de los profetas (ej.
Martyrion Polycarpi). La Eucaristía ya fue descrita por san
Pablo (1Co 11) como "proclamación" de la muerte de Cristo y Su
Segunda Venida. Puesto que la finalidad de las Escrituras es
esencialmente la proclamación del Reino y el anuncio de
realidades escatológicas, la Eucaristía es un anticipo del Reino
y, en este sentido, la proclamación de la Palabra por
excelencia. En la Eucaristía, Palabra y Sacramento se convierten
en una única realidad. La palabra deja de ser "palabras" y se
hace "Persona", encarnándose en todos los seres humanos y en
toda la creación.
En la vida de la Iglesia, el vaciarse de sí mismo de forma
inconmensurable y el compartir generoso del Logos divino se
refleja en la vida de los santos como experiencia tangible y
expresión humana de la Palabra de Dios en nuestra comunidad. En
este sentido, la Palabra de Dios se convierte en Cuerpo de
Cristo, crucificado y glorificado al mismo tiempo. Como
consecuencia, el santo vive una relación orgánica con el cielo y
la tierra, con Dios y toda la creación. En una lucha ascética,
el santo reconcilia la Palabra y el mundo. Mediante el
arrepentimiento y la purificación, el santo se colma - como
insiste san Isaac el Sirio - de compasión por todas las
criaturas, que es la suprema humildad y perfección.
Por eso el santo ama con fervor y amplitud, ambas
incondicionales e irresistibles. En los santos, conocemos la
verdadera Palabra de Dios, puesto que - como afirma san Gregorio
Palamas - Dios y sus santos comparten la misma gloria y
esplendor. En la dulce presencia de un santo, aprendemos que la
teología y la acción coinciden. En el amor compasivo del santo,
hacemos experiencia de Dios como "nuestro Padre" y de la
misericordia de Dios como "eterna" (Sal 135). El santo se
consume con el fuego del amor de Dios. Por esta razón los santos
transmiten gracia y no pueden tolerar la menor manipulación o
explotación de la sociedad o de la naturaleza. El santo
simplemente hace lo que es "justo y necesario" (Divina Liturgia
de San Juan Crisóstomo), siempre dignificando la humanidad y
honorando la creación. "Sus palabras tienen la fuerza de la
acción y su silencio el poder del discurso" (San Ignacio de
Antioquía).
Y
en la comunión de los santos, cada uno de nosotros está llamado
a "ser como fuego" (Refranes de los Padres del Desierto), para
tocar el mundo con la fuerza mística de la Palabra de Dios, para
que - como extensión del Cuerpo de Cristo - también el mundo
pueda decir: "Alguien me ha tocado" (cfr. Mt 9,20). El Mal se
puede erradicar sólo con la santidad, no con la dureza. Y la
santidad introduce en la sociedad una semilla que la cura y la
transforma. Alimentados con la vida de los Sacramentos y la
pureza de la oración, somos capaces de entrar en el misterio más
recóndito de la Palabra de Dios. Es como en el caso de las
placas tectónicas de la corteza terrestre: los estratos más
profundos necesitan sólo moverse unos pocos milímetros para
hacer añicos la superficie del mundo. Sin embargo, para que
acontezca esta revolución espiritual, necesitamos hacer la
experiencia radical de la metanoia - una conversión de
comportamientos, costumbres y prácticas - así como hemos medido
la Palabra de Dios, los dones de Dios y la creación de Dios o
abusado de ellos.
Esta conversión es, por supuesto, imposible sin la gracia
divina; simplemente no podemos conseguirla con el mayor de los
esfuerzos o la fuerza de voluntad humanos. "Para los hombres eso
es imposible, mas para Dios todo es posible" (Mt 19,26). El
cambio espiritual se da cuando nuestros cuerpos y almas se
injertan en la vida de Palabra de Dios, cuando nuestras células
contienen el flujo de sangre vivificante de los Sacramentos,
cuando estamos abiertos a compartir todas las cosas con todo el
mundo. Como nos recuerda san Juan Crisóstomo, el sacramento de
"nuestro vecino" no puede ser aislado del sacramento "del
altar". Desgraciadamente, hemos ignorado nuestra vocación y
obligación de compartir. La injusticia social y la desigualdad,
la pobreza global y la guerra, la contaminación ecológica y la
degradación son el resultado de nuestra falta de habilidad o de
voluntad para compartir. Si reivindicamos mantener el sacramento
del altar, no podemos olvidar el sacramento de nuestro vecino o
renunciar a él, es una condición fundamental para el
cumplimiento de la Palabra de Dios en el mundo, dentro de la
vida y la misión de la Iglesia.
Queridos hermanos en Cristo, hemos explorado la enseñanza
patrística de los significados espirituales, discerniendo el
poder de oír y hablar la Palabra de Dios en la Escritura, ver la
Palabra de Dios en los iconos y la naturaleza, y asimismo, tocar
y compartir la Palabra de Dios en los santos y los Sacramentos.
Por consiguiente, para que la vida y la misión de la Iglesia
sean verdaderas, tenemos que dejarnos cambiar personalmente por
la Palabra. La Iglesia tiene que parecerse a una madre, que se
sustenta y se nutre con el alimento que toma. Nada de lo que no
pueda alimentar y nutrir a cada hombre podrá sustentarle. Cuando
el mundo no comparte el gozo de la Resurrección de Cristo, ello
supone una acusación a nuestra propia integridad y a nuestro
compromiso de vivir la Palabra de Dios. Antes de cada
celebración de la Liturgia Divina, los cristianos ortodoxos
rezan para que la Palabra sea "partida y consumida, distribuida
y compartida" en comunión. Y "nosotros sabemos que hemos pasado
de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos" y hermanas
(1Jn 3,14).
El desafío que tenemos delante es el discernimiento de la
Palabra de Dios frente al Mal, la transfiguración de cada último
detalle y punto de este mundo a la luz de la Resurrección. La
victoria ya está presente en lo profundo de la Iglesia, siempre
que hagamos experiencia de la gracia de la reconciliación y la
comunión. Puesto que luchamos - dentro de nosotros mismos y en
el mundo - para reconocer el poder de la Cruz, también empezamos
a apreciar como cada acto de justicia, cada chispa de belleza,
cada palabra de verdad puede eliminar gradualmente la presencia
del Mal. Sin embargo, por encima de nuestros frágiles esfuerzos
tenemos la garantía del Espíritu, que "viene en ayuda de nuestra
flaqueza" (Rm 8,26) y está a nuestro lado como nuestro defensor
y "Paráclito" (Jn 14,6), penetrando en todas las cosas y
"transformándonos - como dice san Simeón el Nuevo Teólogo - en
cada cosa que la Palabra de Dios dice sobre su reino celestial:
perla, semilla de mostaza, levadura, agua, fuego, pan, vida y
sala del banquete místico". Éste es el poder y la gracia del
Espíritu Santo, que invocamos como conclusión de nuestro
discurso, extendiendo a Su Santidad nuestra gratitud y a cada
uno de vosotros nuestra bendición:
Rey celestial, Consolador, Espíritu de Verdad presente en todas
partes y que colma todas las cosas; tesoro de bondad y dador de
vida: Ven, y habita entre nosotros. Y límpianos de toda
impureza; y salva nuestras almas. Porque tú eres bueno y amas a
la humanidad. ¡Amén!
Después de la intervención del patriarca ecuménico, el Santo
Padre Benedicto XVI ha pronunciado las siguientes palabras:]
Santidad:
De todo corazón quiero decirle "gracias" por sus palabras. El
aplauso de los Padres era mucho más que una expresión de
cortesía, era verdaderamente la expresión de una profunda
alegría espiritual y de una experiencia viva de nuestra
comunión. En este momento hemos vivido realmente el "Sínodo":
Hemos estado juntos en marcha en la tierra de la Palabra divina
bajo la guía de Vuestra Santidad y hemos gustado de la belleza,
con la gran alegría de ser oyentes de la Palabra de Dios, de
habernos confrontado con este don de su Palabra.
Todo lo que Usted dijo estaba nutrido profundamente con el
espíritu de los Padres, de la Sagrada Liturgia, y precisamente
por esta razón estaba también intensamente contextualizado en
nuestro tiempo, con un gran realismo cristiano que nos hace ver
los desafíos. Hemos visto que ir al corazón de la Sagrada
Escritura, encontrar realmente la Palabra en las palabras,
penetrar en la palabra de Dios, abre también los ojos hacia
nuestro mundo, hacia la realidad de nuestros días.
Y ésta fue además una experiencia gozosa - una experiencia de
unidad ,no perfecta tal vez , pero sí verdadera y profunda. He
pensado: vuestros Padres, que Usted ha citado ampliamente, son
también nuestros Padres, y los nuestros son también los
vuestros: si tenemos Padres comunes, ¿cómo podríamos no ser sino
hermanos entre nosotros? Gracias Santidad. Sus palabras nos
acompañarán en el trabajo de la próxima semana, nos iluminarán y
estaremos aún durante la próxima semana - y más allá de ella -
en camino junto a Usted.
Gracias, Santidad.